Apenas es el medio día en esta población conurbada de la capital mexicana cuando el ir y venir de amas de casa, taxistas, profesionistas y comerciantes se integran a los primeros drogadictos que aparecen por las calles: algunos caminan lento, sin rumbo; otros, a la orilla del canal de aguas negras fuman crack de cocaína, la famosa «piedra».

Un paisaje que los ríohondenses aceptan como cotidiano desde hace unos ocho años, cuando se instalaron los primeros narcomenudistas con sus paquetitos de marihuana, cocaína, piedra y solventes, una variedad de enervantes ideal para esta zona que comparten divididos por un barranco las clases más altas y las más bajas del Valle de México.

Lo «anormal», dicen, comenzó hace más de un año, cuando de pronto tropezaron con cadáveres acribillados en la vía pública; cabezas expuestas sobre el tablero de un automóvil, persecuciones y balaceras; cateos a casas particulares de hombres encapuchados que firman mensajes al calce de asesinatos: “La Mano con Ojos”.
Esta organización que la Procuraduría de Justicia del Estado de México (PJEM) describe como una célula del cartel de los hermanos Beltrán Leyva trajo la inseguridad que los mexiquenses y capitalinos habían visto sólo en la televisión, en los estados de la frontera norte del país, principalmente.

“La Mano con Ojos” rompió la imagen de que el corazón del país estaba «lejos» de los zafarranchos y vendettas del narco al enfrentarse con la organización local “Los H” o “El Hongo” y algunos miembros de la Familia Michoacana.

Según la ficha policíaca de la PJEM se disputan el control de la distribución de droga en los municipios de Tlalnepantla, Atizapán, Huixuilucan, Naucalpan, Cuautitlán y el Distrito Federal con un saldo de 682 ejecuciones desde 2010 documentadas por la prensa local; 30 cuerpos cercenados en el presente año.

La Procuraduría General de la República ofreció casi medio millón de dólares a quien proporcione información del líder de la banda delictiva «Carlos» o «Ricardo» alias El Compayito o “La Mano con Ojos”, quien fuera jefe de seguridad del narcotraficante Gerardo Álvarez «El Indio», capturado en abril de 2010. Pero la población está aterrada. A dos cuadras de su casa Claudia Hernández, una ama de casa de 37 años, fue sorprendida por un grupo de jóvenes que pasaron corriendo a su lado; atrás iban los persecutores con armas largas.»Yo no sabía qué hacer, más adelante se escucharon los balazos y los muchachos se escondían en casas de unos vecinos: sólo me puse abajo del marco de una puerta y me eché a llorar».

Bernardino Ruiz, un carpintero de 38 años, llevaba a su hija a la escuela cuando vio un chorro de sangre que escurría por la puerta de un carro mal estacionado. «Me asomé para ver qué pasaba porque no veía al conductor y lo que vi fue una cabeza sin cuerpo colocada sobre el tablero frente al copiloto».

El procurador del Estado de México, Alfredo Castillo, describe el modus operandi de La Mano con Ojos como «intimidatorio» tanto para sus propios reclutados como enemigos, espectadores y hasta autoridades.

El pasado 3 de julio, mientras los habitantes de la entidad votaban para renovar al gobernador, siete personas fueron desmembradas en cuatro municipios y algunos restos fueron colocados cerca de las urnas. «Este grupo sabía que habría más prensa y el hecho se magnificaría», señala Castillo.

La coacción para quienes se niegan a colaborar con la banda es brutal: cuatro sicarios detenidos el pasado 11 de febrero reconocieron frente a las autoridades que asesinaron a 12 personas porque no quisieron «tirar piedra» (vender) en el municipio de Atizapán.
Los narcomenudistas se valen de todos los métodos para distribuir sus productos: desde los clásicos repartos a domicilios en motonetas, coches y taxis; la venta en bares, discotecas y puestos callejeros camuflados como «dispendios» de cerveza en las esquinas.

Los distribuidores más visibles son jóvenes que no estudian ni trabajan (Ninis). Se mueven como peces en el agua en los barrios bajos de la región, entre el tráfico, los grafitis, tiraderos de basura, mercaderes ambulantes y aguas negras. En Río Hondo se apostan en las esquinas, aparentemente ociosos, seguros de sus clientes. Los viciosos pobres, los que después deambulan por las banquetas y asaltan a transeúntes compran piedra e inhalantes; los que llegan en lujosos carros, «qué onda guey, pasame un poco» de marihuana, cocaína y crack.

«El consumo se ha incrementado y cada vez tenemos casos más graves», señala Elvira Velázquez, del Centro de Integración Juvenil regional, en Naucpalpan, donde han llegado a atender a chicos de 18 años con daño cerebral y pérdida de visión y del juicio. «Más mujeres, más jóvenes de todas las clases sociales».

Esa es la clientela del sistema de venta hormiga y para retenerla, los distribuidores recurren al terror: en uno de sus más recientes hechos tiraron cuatro cuerpos en la zona residencial Lomas de Tecamachalco.

Una mano salía de la bolsa plástica donde estaba el resto del cuerpo, como un saludo a los cuidados jardines y fuentes donde quedó inerte, frente a las casas más bonitas del Valle de México.

Fuente: Timepo en Linea