AlejandroPor: Alejandro Lelo de Larrea

A finales de enero de 2009, Marcelo Ebrard, entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal, convocó a selecto grupo de líderes perredistas a una cena en su casa, en la colonia Condesa, donde les tenía reservada una sorpresa.

La cena fue para darle un espaldarazo al líder de la corriente Izquierda Democrática Nacional, René Bejarano Martínez, con la idea de que éste pudiera volver a salir a la luz pública y dejar de operar en las tinieblas, como lo hizo desde 2004, cuando cayó en desgracia (y en prisión) por los videoescándalos, que lo marcaron de por vida como “El Señor de las Ligas”.

Sí, en una alianza perversa Marcelo Ebrard fue el artífice, el impulsor del retorno de René Bejarano, personaje siniestro de la izquierda mexicana, pero clave para la gobernabilidad de la ciudad de México, pues es el jefe de las principales organizaciones clientelares del PRD en el Distrito Federal.

Hoy, se revive esa alianza perversa que pareció desvanecerse cuando Ebrard le trató de competir a Andrés Manuel López Obrador la candidatura presidencial de las izquierdas, pues no hay que olvidar que Bejarano desde siempre ha apoyado al tabasqueño, tanto que fue él quien en 1999 le dio todo su apoyo para convertirse en jefe de gobierno capitalino.

Es decir, Ebrard se está aliando a un suboordinado de López Obrador, lo que ratifica donde ha estado desde el 2000: por debajo del tabasqueño, a quien desde el gobierno capitalino financió durante 6 años para que le diera tres vueltas al país como “presidente legítimo”.

Claramente Bejarano le debe un favor a Ebrard, y por eso hoy busca que se le retribuya: que “El Señor de las Ligas” lo apoye en su intención de convertirse en el próximo presidente nacional del PRD, dado que es el principal bloque opositor de Los Chuchos, quienes han tenido el control del partido desde hace casi 6 años.

Ebrard no tiene nada fácil el camino rumbo a la dirigencia nacional del PRD, en principio porque perdió prácticamente todos los reflectores desde que dejó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, el pasado 5 de diciembre, y también porque han empezado a brotar los trapos sucios de su administración.

Por ello, Ebrard quiso subir a su ring político al presidente Enrique Peña, con una misiva en la que lo conmina a debatir el tema de la reforma energética, en particular lo que tiene que ver con la inversión privada para exploración petrolera de aguas profundas en el Golfo de México.

Por supuesto, Peña Nieto no se subió al debate con Ebrard, porque el nivel político de éste se encuentra muy por debajo del primer mandatario, no sólo porque Ebrard no tiene cargo público alguno, sino que su debilidad es tal, que tiene que aliarse a lo peorcito del PRD, René Bejarano, para aspirar a dirigir ese agonizante partido.

Además, en el tema que ha elegido Ebrard para intentar recobrar su fuerza política, que es la supuesta defensa de Pémex para “evitar su privatización”, hay por lo menos dos líderes de la izquierda que tienen mucha mayor trascendencia social y autoridad moral en la materia: Cuauhtémoc Cárdenas, el hijo de quien encabezó la expropiación petrolera en 1938, y López Obrador, quien en los hechos sigue siendo el jefe político de Ebrard.

Así, aunque sabe que son remotas las posibilidades de ganar la dirigencia perredista, acaso Ebrard la quiere disputar porque ya entendió bien la lógica del partido, que es la de competir por un cargo mayor para que, en una negociación, en el peor escenario, se lleve un premio de consolación, que bien podría ser una candidatura a diputado plurinominal en 2015.