Por Norberto DE AQUINO

Rebasado por el impacto mediático de los acontecimientos en Michoacán y en Tamaulipas, en el aeropuerto de la ciudad de México se registró un evento que, sin duda alguna, sirve para ejemplificar lo que es el reto de la delincuencia organizada en el país. Y claro está, para mostrar que, a un año de distancia, la estrategia del gobierno federal ante el problema de la inseguridad, ha logrado muy poco, en el caso de que se pueda hablar de logros.
De nueva cuenta, un pasajero ahora proveniente de América del Sur, se encontró con la sorpresa de que una maleta con drogas fue señalada como suya. Con todas las consecuencias del caso. Algo similar a lo que hace unos meses sucedió con la profesora Angel de María Soto.
Más allá de los nombres y de los destinos, lo que salta a la vista es que, más allá de las promesas y las decisiones, en el aeropuerto del Distrito Federal suceden cosas que, supuestamente, se combaten con todo el rigor del caso.
Un viajero llega al aeropuerto. Intenta identificar su equipaje. Y lo logra sólo a medias. Falta una valija. No aparece, pero en cambio, se le quiere entregar otra que, curiosamente, está acreditada a su nombre. Y de ahí en adelante, todo el calvario que es fácil imaginar.
Como no es la primera ocasión que esto ocurre, lo que tiene que pensarse es que, de diferentes maneras y en diversos niveles, hay quienes se dedican a actividades que lejos están de sus responsabilidades oficiales.
NO hace mucho, el país enfrentó el bochornoso efecto de los empleados de una aerolínea en el intento por introducir droga en Europa. Tampoco hace mucho, en un restaurante el aeropuerto, policías federales se liaron a balazos en una clara disputa por el control “de la plaza”, evidentemente ligados a grupos de narcotraficantes.
No hace tampoco mucho, una profesora fue ligada a una maleta con droga. Ahora, el problema se repite. Y la pregunta obligada gira en torno no a qué es lo que sucede, sino a las causas por las cuales
las autoridades no han podido resolver el problema.
Los delitos son más que evidentes. Pero las respuestas de las autoridades son francamente risibles. En algunos casos, incluso, se dejan los hechos al tiempo, en espera de que la ciudadanía se olvide de lo sucedido.
Pero ahora está claro que el problema no sólo no cede, sino que avanza. Y a pasos acelerados.
No es necesaria una gran inteligencia para entender que, en el menor de los casos, hay quienes con droga que no se sabe cómo obtuvieron, quieren crear “culpables”. Y el objetivo sería por supuesto, el de la extorsión o algo más serio.
Así las cosas, habría que saber qué es lo que la policía federal hace en el aeropuerto. Si por un lado organiza balaceras entre sus miembros y por el otro es incapaz de detectar las actividades ilícitas de las autoridades encargadas de las instalaciones, lo que resulta es una incapacidad absoluta. Con todo lo que ello representa.
El nuevo problema en el aeropuerto capitalino deja ver que la estrategia en contra de la delincuencia organizada avanza, si es que lo hace en realidad, de manera lenta y selectiva. Y a pesar de las muchas señales de que algo en la terminal aérea de la capital del país no marcha como es debido, nada se ha logrado para resolver la situación.
Y ello tendrá efectos internacionales en cualquier momento. Especialmente por el hecho de que, se quiera o no, ya no se trata sólo de los elementos en el aeropuerto, sino que dadas las circunstancias, habrá que pensar en la complicidad de las líneas aéreas. Es posible que, apenas en ese momento, la preocupación llegue a las autoridades, aunque podría ser algo tarde.

