
Por Norberto DE AQUINO
La Revolución Mexicana se encuentra en retirada, prácticamente arrinconada y en riesgo de convertirse en un recuerdo de algo que fue, pero que a nadie le importa ya. Y menos que a nadie, a quienes la utilizaron a lo largo de los años, como bandera y pretexto de sus discursos, acciones y decisiones.
El aniversario de la Revolución se celebrará hoy ya no con desfile y grandes eventos con líderes y funcionarios encabezados por el presidente de la República. El festejo se realizará hoy casi en lo privado, con accesos controlados y seguridad absoluta. Como es de suponerse en un acto que ocupa el lugar de una fecha que no tendrá revuelo debido a que “no estaba programado”.
En estos momentos, poco importan ya los inicios del festejo. O los nombres de quienes le dieron vida. O las primeras ocasiones en que el festejo como se conocía, se realizó. En esta ocasión lo que llama la atención es el hecho simple, pero contundente, de que un gobierno emanado del partido que siempre se declaró heredero y vanguardia de los principios revolucionarios, sea el encargado de dar por terminado no sólo la fiesta en sí, sino el significado de todo lo que en México se conoce como Revolución.
La etapa moderna del país queda, por fuerza, ligada a la Revolución. Los gobiernos “revolucionarios”, para bien o para mal, crearon las instituciones que hoy mantienen vigente a la República. Dieron vida a grandes avances en lo educativo y en el renglón de los derechos de los trabajadores. Y fueron esos mismos gobiernos los que en muchos casos se encargaron de elogiar los avances en el discurso, y de controlar a las masas en la realidad, en beneficio de unos cuantos.
Pero esos gobiernos siempre mantuvieron la idea de los aspectos sociales como parte fundamental del trabajo político. Y mantenían claridad sobre la importancia de los símbolos. De la política y de la cercanía con la sociedad, aún cuando fuera sólo en una parte mínima.
Ahora, a punto de cumplirse un año del regreso del PRI al poder, tras doce años de gobiernos de la derecha representada por el PAN, los festejos revolucionarios se modifican. Y se alega que como no se
tenían programados, no puede hablarse de cancelación. Como si una fecha como el 20 de noviembre no estuviera clara en forma y fondo, en la mente de los mexicanos.
Y aquí aparece un problema más serio: el gobierno no encontró la fórmula para la realización del desfile tradicional. Y no la encontró por la simple y sencilla razón de que el problema del magisterio representado por la CNTE resultó ser mucho más serio de lo que habían calculado.
De esta manera, antes de correr riesgos de violencia o de enfrentar la posibilidad de que el desfile fuera infiltrado por la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación, se prefirió hacer un ajuste en los eventos.
Pero nadie calculó que esos ajustes, a la hora de la verdad, no son más que una nueva retirada de parte del estado. Y con esa retirada, una derrota muy seria para todo lo que es, o había sido, la Revolución Mexicana.
No se requiere de mucho para entender que si el PRI es el partido en el poder y que si el gobierno actual es priísta, la Revolución Mexicana parecería tener la oportunidad para recobrar un sitio de honor. Y que ello, a querer o no, tendría el respaldo popular.
Al momento en el que la CNTE acorrala al gobierno, y con su actitud le obliga a modificar un festejo tradicional, lo que salta a la vista es la derrota del símbolo y su significado. Con todo lo que ello significa.
Cambiar un desfile por un evento cerrado, o dos para con uno de ellos darle presencia al partido en el poder, es un acto de agenda. Crear un evento cerrado para festejar un triunfo nacional, es una retirada que se parece mucho a una huida. Con todo lo que ello puede significar.



