Por Norberto DE AQUINO
Los efectos de la reforma energética están en camino. Las promesas oficiales chocan contra los negros pronósticos de quienes lucharon contra el proyecto de abrir PEMEX a los capitales privados. Pero en tanto se decide qué tanto se tiene de beneficio o de pérdida, lo que es ya incuestionable, es el hecho de que el país parece haber perdido a su izquierda política.
Los diferentes grupos de izquierda, tanto como los supuestos liderazgos “reales” de esa línea política, buscaron convertir a la reforma energética en el parteaguas de la confrontación ideológica en el país, lo mismo entra ellos que ante el gobierno y sus aliados.
Así, la apuesta fue total. La izquierda convirtió en el discurso, la lucha contra la citada reforma, en un “todo o nada” para el país. Buscó en los rincones olvidados del pasado nacional, los argumentos para convertir al gobierno en el representante más acabado del mal y al proyecto, en la personificación de la traición a la patria. Y fracasó estrepitosamente.
Ahora, con una derrota política más que dolorosa a cuestas, la izquierda se enfrenta al reto, muy serio, de encontrar no sólo un nuevo marco político ideológico viable, sino al líder que pueda encabezar semejante proyecto.
Andrés Manuel López Obrador perdió el rumbo. No sólo no fue capaz de preparar una estructura política adecuada para la batalla política que pretendía dar, sino que carente de argumentos de peso, no logró trascender con su mensaje y llegar verdaderamente. a la sociedad.
Cuauhtémoc Cárdenas está anclado en el pasado “glorioso” de la República y no tiene ya no un mensaje adecuado al momento que vive la industria ligada a la energía, sino que ni siquiera fue capaz de librar de manera adecuada, el escollo político que significó el que se le ligara a la batalla interna del PRD por el liderazgo del partido.
Las dos figuras más importantes de la izquierda, ambos con un pasado totalmente ligado al PRI, no pudieron encausar el debate. No presentaron ideas que no fueran planteamientos de muy corto alcance.
Y cuando fueron rebasados por la realidad, no fueron capaces de buscar la unión de una corriente política que permitiera una verdadera discusión sobre lo que requiere el país para hacer frente al futuro.
En esta batalla, Marcelo Ebrard apareció más como un mal chiste que como una verdadera opción. Y todo lo que consiguió fue hacer el ridículo y dividir más a la izquierda.
En lo que se refiere al grupo de los “chuchos” en el poder dentro del PRD, habrá simplemente que destacar que, discursos aparte, no pasan de ser una dirigencia no sólo desprestigiada y catalogada como “colaboracionista” y “traidora”, sino que todo mundo sabe que es incapaz de conducir un proceso de recomposición de la izquierda en nuestro país.
La derrota en el debate energética destrozo a la izquierda. Arrolló a los liderazgos que sentían ser capaces de paralizar a la República. Demostró que carecen no sólo de un soporte social real, sino que ni siquiera son capaces de convocar a un debate interno para determinar formas y acciones para debatir los proyectos oficiales.
Ahora, la izquierda se encamina a un proceso de renovación de liderazgo en el PRD. Y lo que salta a la vista es la enorme ausencia de figuras política con respaldo social en la izquierda.
Y en ese escenario, la opción no puede ser más penosa. La ambición de Carlos Navarrete pasa a ser algo con grandes posibilidades de convertirse en realidad, a pesar de ser el candidato de los “Chuchos” y de tener tras de sí mucho del escándalo de la estatua de Paseo de la Reforma que tanto daño a la pasada administración en el DF, pero que tantos millones dejó en muchos bolsillos.


