Norberto de AquinoPor Norberto DE AQUINO

Michoacán tiene ya, un nuevo pacto. Ahora para llevar la seguridad federal como respuesta a la violencia e inseguridad que han convertido a esa entidad, en causa de muy serios dolores de cabeza para el gobierno federal. Pero ¿es esta la solución de fondo al problema?

En Michoacán se han aplicado programas, rescates y acciones de todo tipo, y nada ha dado resultado. No hace más que unos meses, el secretario de Gobernación, Miguel Angel Osorio Chong, encabezó un gran acto, con discursos cargados de grandes anuncios, en los que “todos los sectores” del estado, mostraban la firmeza de sus decisiones para resolver el caso que enfrentan los michoacanos.

Ahora, va un nuevo programa. Ya no se habla de rescates. Ahora se plantean las cosas de una manera diferente, con discursos diferentes, pero con los mismos objetivos que tantas ocasiones ya, se dijeron al alcance de la mano, y no se lograron.

Con las autodefensas convertidas en un problema de dimensiones muy peligrosas, con protección del estado a ciertos grupos, con la aceptación de que se viola la ley y se negocia con los violadores, el estado de Michoacán es una verdadera pesadilla política.

Y no se requieren grandes esfuerzos para entender que la estrategia, en el caso de que exista, es en el mejor de los casos, inoperante, para no hablar de la evidente diferencia de opiniones que aparecen ante la violencia en la entidad.

Las ligas con los cárteles de la droga, las dudas sobre la forma en la que el estado decidió negociar con quienes, con las armas en la mano, se han apoderado de buena parte del estado y la circulación de armas de alto poder, dejan abierta la puerta para todo tipo de especulaciones.

Todo ello se traduce en desconfianza y temor. Y lo que es mucho más serio, deja ver la posibilidad de que el gobierno en realidad, no tenga un plan real para hacerle frente al reto que se le ha planteado.

Desde la campaña presidencial, el grupo de Enrique Peña Nieto mostró no sólo la crítica, sino la ironía para cuestionar la lucha contra la delincuencia organizada, iniciada por Felipe Calderón. Y se prometió un cambio radical no sólo en la estrategia, sino en los resultados. En un año se dijo, se

tendrían resultados alentadores para demostrar que se tenía razón en lo que se decía.

El presidente Peña al arranque de su gestión, se comprometió a que en el primer año, cuando más, los resultados estarían a la vista. Y el subsecretario de Gobernación, Roberto Campa, al menos en dos ocasiones, reiteró el compromiso de que al terminar los primeros doce meses, el país vería los cambios y tendría en la mano, los primeros importantes resultados.

Pero el plazo se cumplió y lo que se tiene a la vista es una nueva alerta del gobierno estadounidense a sus ciudadanos para que eviten viajar a poco más de la mitad de nuestro país, con el señalamiento de que el secuestro es un delito que crece rápidamente y puede presentarse a cualquier hora y en cualquier momento.

Ante el desbordamiento de la violencia, hay nuevos discursos y nuevos envíos de fuerzas de seguridad a Michoacán. Pero ¿no es eso lo que se criticó en campaña? ¿En dónde está el cambio de estrategia? ¿Cuáles son los plazos concretos para que la normalidad sea recuperada para los michoacanos?

Tenemos una demostración de voluntad. Pero ¿tan sólo con ello se resuelve el problema? ¿Si la estrategia de elevar el número de elementos de policías y fuerzas armadas no ha dado resultados en el pasado ¿cuáles son las razones que llevan a pensar al gobierno que ahora sí se tendrá éxito?

Michoacán y las autodefensas, que se dieron a conocer en Guerrero y que mantienen en esta entidad una fuerte presencia, han puesto en jaque al gobierno. Y las respuestas podrían tardar algo en llegar. Pero curiosamente, tiempo podría ser un elemento que el gobierno no tiene y menos en un tema como el de la seguridad.

Después de todo, la confianza es algo volátil y profundamente frágil. Y confianza es lo que se ha perdido en el gobierno.