Norberto de AquinoPor Norberto DE AQUINO

Por mas esfuerzos que realiza, el gobierno federal no logra que se mensaje optimista penetre en la sociedad. Y sus acciones, sorpresivas o no, ayudan simplemente, a comprobar que en el terreno de la violencia e inseguridad, estamos muy lejos de tener algo que pueda llamarse “normalidad”.

En unas cuantas horas, el escenario nacional alcanzó niveles muy serios de descontrol. Nuevas alertas de Estados Unidos a sus ciudadanos, ahora para que no viajen a Guadalajara; brotes de violencia en Tamaulipas, marchas que demandan seguridad en Guerrero y un estudiante asesinado en la capital de la República en un asalto podrían ser apenas, ejemplos claros de que las condiciones en buena parte de la República no tienen nada que ver con el discurso oficial.

En Jalisco, un operativo sorpresa para atacar a los cárteles de la droga. Balacera de por medio, violencia como resultados. Vigilancia del ejército y la demostración de que Michoacán tiene tal vez, mayor atención, pero ni con mucho, es la única entidad sumergida en la violencia e inseguridad.

En Guerrero, entidad en la que el gobernador es el mas importante y mayor problema político, pero al que nadie toca por sus relaciones con el poder federal, la inseguridad ha llevado a los ciudadanos a organizar protestas en demanda de acciones que les devuelvan la seguridad.

Pero el gobernador, Angel Aguirre, se dedica más a la actuación y deja que las cosas avancen. Confía en sus amistades. Y alardea con la idea de que lo que sucede en Michoacán, no pasará en Guerrero, por más que se pida a gritos, un comisionado para la seguridad en la entidad.

La autoridad local ha sido totalmente rebasada. Pero el objetivo político fue siempre, Michoacán. Lo demás puede esperar.

Pero en esa espera, el nuevo líder del combate al secuestro, nos avisa que hay numerosas pandillas de secuestradores, en las que hay de todo: jóvenes, viejos, policías y se podría agregar, por lógica pura, que uno que otro político y funcionario público. Pero la declaración no ayuda. Simplemente nos conduce a la realidad y a la pregunta de ¿qué fue lo que se hizo, o no se hizo, durante el primer año de

la actual administración, especialmente cuando se conocía de sobra, la magnitud de este problema?

Y ese es, sin lugar a dudas, el problema.

Con una inseguridad creciente y con el obvio debilitamiento del estado, ¿en base a qué se decidió posponer las medidas en contra de este problema, que para la mayor parte de los ciudadanos, es el más importante a resolver?

Un año después de iniciado el gobierno, un poco más, se hacen discursos y se toman acciones. Pero tanto discursos como acciones, podrían y tendrían que haberse tomado mucho antes. A un año de distancia los resultados no sólo no aparecen por ninguna parte, sino que se han olvidado las promesas y los compromisos.

Y la falla en la operación política no puede ser más clara. No hay una estrategia general efectiva. Y ahora, con la llamada de atención recibida en Davos, con la retirada del gran consejero colombiano, Oscar Naranjo y con la aparición de nuevas figuras creadas para llenar los muchos huecos en la estrategia contra la violencia y la inseguridad, lo que está a la vista es que no se tiene claridad sobre lo que se quiere y tiene que hacer. Y lo que parece más serio, que las fallas están en el equipo de gobierno.

Se puede realiza un operativo en Jalisco. Pero lo que se obtiene es una nueva alerta de EU a sus ciudadanos. Se puede soportar a un gobernador incapaz como Angel Aguirre, pero lo que resulta es la descomposición político social en la entidad. Se puede ignorar la violencia en Tamaulipas, pero lo que se tiene en las manos es la tensión social. Se puede intentar ocultar la creciente inseguridad en el Distrito Federal. Pero no se llegará a ningún lado que no sea la pérdida de confianza.

El horizonte es muy poco alentador. Y queda aún el largo camino de las reformas secundarias para la gran transformación del país. Y la desconfianza no es poca.