Norberto de AquinoPor Norberto DE AQUINO

No es necesario un gran esfuerzo para dimensionar el enorme daño que ha recibido el Partido Acción Nacional de parte de sus propios dirigentes y militantes. Pero la peor parte podría apenas estar por venir. Y con ello, la pregunta de ¿son estos los políticos de derecha que el gobierno de Enrique Peña Nieto quiere como aliados?

En un lapso corto de tiempo y con hechos realmente simples, los panistas han mostrado sin rubor alguno, no sólo el tamaño de su incapacidad política, sino la desmedida ambición que les domina.

Gustavo Madero, que encabeza una de las facciones en pugna, quiere reelegirse como dirigente nacional. Y ataca sin piedad alguna, a quienes osan demandarle que se retire y mantenga vigente aquello de la no reelección que tendría otro destinatario, pero que no deja de ser parte del historial familiar.

Pero en su ambición, el señor Madero no ha explicado, tal vez por falta de argumentos, cómo es que quiere mantenerse como dirigente si sus resultados al frente del PAN son totalmente pobres.

No sólo perdió la elección presidencial, sino que encabezó al partido hasta convertirlo en la tercera fuerza política a nivel nacional. Esto es, tomó a su partido en la cima y lo llevó, con singular desparpajo, a la sima. Y quiere que los responsables sean otros.

Para remediar la situación, se alió con el naciente gobierno priísta mediante el Pacto por México. Y dejó de hacer política para entrar en el terreno del chantaje. Así, lo que no fue capaz de alcanzar con un trabajo político real y eficiente, lo consiguió mediante la compra venta del apoyo. El gobierno quería una reforma determinada, el PAN recibía algo a cambio. La política en su mínima expresión.

Y ese es el gran aliado del gobierno desde la derecha.

Para el caso del Congreso, el panismo maderista contó con los coordinadores, especialmente cuando en el Senado desconoció a Ernesto Cordero para convertir en líder a Jorge Luis Preciado. Se pensó que con ello bastaría para contener primero a los rivales internos y después, crear una imagen de un “nuevo panismo” que alcanzara la simpatía popular.

Pero poco a poco, las cosas no salieron como se esperaba. Y la mezcla de soberbia, torpeza e incapacidad, se convirtió en una fórmula que ha destrozado todo el historial panista. O que de ello quedaba.

En la Cámara de Diputados apareció el tema de las comisiones demandadas por los legisladores del PAN a los alcaldes a cambios de conseguirles recursos financieros para sus localidades. Y ante el escándalo, la fórmula aplicada por Madero para intentar controlar el problema fue, simple y llanamente, bloquear los internos por aclarar la situación.

Al mismo tiempo, en el Senado, el señor Preciado se dio el lujo de organizar, en las instalaciones de la Cámara Alta, una fiesta en honor de su esposa. Sin entrar en el terreno de los costo y de donde salieron los mismos, lo que salta a la vista es la soberbia con la que el legislador maderista se comporta.

Sabe, por supuesto, que su jefe tiene el apoyo del gobierno federal. Entiende que para el gobierno de Enrique Peña Nieto es mucho mejor tener a Gustavo Madero como interlocutor que tener que negociar con cualquier otro grupo. Y ante ello, una fiesta más ¿qué importa? Y si hay una fuerte dosis de prepotencia y de incapacidad, no hay problema.

Pero si ese es el PAN de hoy y esos son los líderes, habrá que preguntarnos ¿cómo para qué el gobierno requiere de esos aliados? ¿Será que para poner en marcha los grandes cambios que se buscan para el país lo que más conviene es tener como compañeros de viaje a un panismo desvencijado, ideológicamente corrupto, cuestionado en su honorabilidad y carente de respeto por parte de la sociedad?

¿La modernidad del país puede ser fincada en alianzas de este tipo?