Por Norberto DE AQUINO
Este domingo se cumplirán veinte años del asesinato de Luis Donaldo Colosio. Y el tema no sólo sigue sin ser totalmente aclarado, sino que se ha convertido en el punto en el que el país tropezó para entrar en la descomposición política y la espiral de violencia que tanto daño nos ha causado.
Lomas Taurinas marcó al país. No se trató de un ataque a un candidato presidencial. Fue un golpe brutal en contra de toda la República. Las instituciones se tambalearon y de muchas maneras, quedaron dañadas de manera irremediable.
Hace veinte años el país fue sacudido y conducido a una ruta en la que las pérdidas fueron totales, sin que se recibiera nada a cambio. La nación había cambiado y nadie lo explicaría. Se llenó a los mexicanos de discursos, pero nunca aparecieron las explicaciones.
México perdió en Tijuana, la ruta de la paz y la tranquilidad. La conquista más importante para la ciudadanía había sido aniquilada. Las ambiciones políticas y la lucha por el poder, habían triunfado. Y en ese cambio, la pérdida fue absoluta.
En la emergencia política, el gobierno y el PRI iniciaron un giro del que nadie saldría ileso. Se colocó a Ernesto Zedillo como candidato, y nada volvería a ser igual.
Resultaría ingenuo afirmar que con Colosio, las cosas hubieran sido diferentes en lo central. Pero también lo sería pensar que todo habría sido como ha resultado.
Colosio tenía, dentro del sistema al que pertenecía, una convicción social importante. Su formación familiar y escolar y su paso por la dirigencia nacional del PRI le habían permitido conocer de cerca la problemática del país.
Y quería cambiar algunas cosas. Entendía el proyecto neoliberal en el que había sido una pieza importante. Pero pensaba que se podían realizar algunos ajustes para atender a los más necesitados en el país.
Llegó Lomas Taurinas y todo se derrumbó. Zedillo llegó al poder y el proyecto social del gobierno simplemente desapareció. Se consolidaba el proyecto neoliberal, con el agravante de que se tenían que sumar las fobias, odios, rencores y afanes de venganza de un Ernesto Zedillo que despreciaba a todos los colosistas, que odiaba al PRI y que carecía de la más elemental conciencia social.
Y el país entró en declive. La economía quedaba sujeta a los vaivenes del mercado, y con una muy pesada carga derivada de los compromisos con el exterior. Washington “salvaba al gobierno” con importantes préstamos de emergencia y a cambio se tramaban los acuerdos políticos que acelerarían “el cambio”.
Zedillo además, daba vida a un real golpe de estado, al eliminar a todos los integrantes de la Suprema Corte, elevando el número de los integrantes y llevando a la posición de poder, a elemento ligados a su forma de pensar. Una medida que la daría un poder transexenal y claro está, seguridad en muchos campos.
Perseguiría a los amigos de Colosio, acabaría con cualquier idea que el candidato asesinado hubiera externado y llevaría al PRI a una “sana distancia” que sólo escondería su desprecio por la clase política, a la que utilizó sólo para alcanzar medidas, como la venta de los ferrocarriles, que le llevarían a ser elogiado por los capitales foráneos.
Pero lo más grave si duda, fue el arranque abierto de la violencia en el país. Fenómeno que los dos gobiernos del PAN, nacidos también de la crisis de Lomas Taurinas, no sólo no pudieron remediar, sino que llevaron a niveles extraordinarios de salvajismo.
Los veinte años transcurridos desde la muerte de Colosio tienen que ser vistos desde los “resultados” obtenidos. Y con ello se verá, guste o no, que el país sufrió un retroceso en muchos aspectos y una terrible pérdida de confianza en todos los niveles.
Luis Donaldo Colosio formaba parte del proyecto neoliberal. Pero tenía conciencia social. Sus sucesores, neoliberales a ultranza, nunca entendieron lo que la sensibilidad social significa. Y las consecuencias están a la vista.

