Por Norberto DE AQUINO
Monte Alejandro Rubido recibió ayer el visto bueno del Senado de la República para convertirse en el nuevo Comisionado Nacional de Seguridad, evento con el que, formalmente, se pone en marcha la nueva etapa de la lucha contra la delincuencia en el país.
Rubido es un elemento que viene de las entrañas del aparato de seguridad. Y en los dos anteriores gobierno desempeñó cargos no menores, dentro del esquema del combate a la delincuencia.
Su arribo al control del área tiene, claro está un significado. Y no es otro que, después de experimentar con un cuadro sacados de los gobiernos de izquierda, como lo fue Mondragón y Kalb, ahora se retoma el camino sin caer en la tentación de nombrar a un cuadro totalmente identificado con el peñismo.
Se opta por un funcionario más ligado al problema, que a los centros de poder. Y ello, claro está, nos tiene que llevar al hecho de que, al haber formado parte de las pasadas administraciones, aún cuando no haya sido el titular, sí sabe lo que es bueno y lo que no, especialmente al momento de los acuerdos con nuestros vecinos al norte.
Este hecho nos conduce, por lógica, a un evidente cambio en la forma de pensar y de actuar en contra de la delincuencia, organizada o no. Y en ese cambio de estrategia, sólo nos falta determinar qué es lo que se deja, qué es lo que se cambia y que opinión, de las muchas existentes, será la que se imponga sobre el resto.
Rubido aceptó ayer mismo, que en el país se ha registrado un repunte en la violencia. Destacó el hecho de que en ese repunte, el Estado de México tiene un lugar especial. Y habló de coordinación con las autoridades de esa entidad para enfrentar el reto.
Y de nueva cuenta, sí se habla de coordinación, debe entenderse que ello no existía. Y si hay un repunte en la violencia, lo que tenemos en la mano es el fracaso de las medidas aplicadas en su combate.
Del mismo modo, se refirió al secuestro y a la extorsión como delitos que agravian seriamente a la
sociedad. Y ello no puede significar nada más, que los índices en esos campos han llegado a niveles ya más que preocupantes.
Así las cosas, hay un cambio de funcionarios y con ello, un cambio de estrategia en el combate a la delincuencia. Pero los tiempos para alcanzar los resultados son ya, muy breves.
Debe recordarse que Enrique Peña Nieto prometió resultados en el terreno de la seguridad, en los primeros doce meses de su mandato. A casi un año y cuatro meses de iniciado el gobierno, lo que se tiene es “un repunte en la violencia”, lo que dice que la promesa se quedó en el aire.
Y ese es entonces el reto a enfrentar. Cada día que pase, la incumplida promesa presidencial pesa más. Y genera desconfianza y temor.
Monte Alejandro Rubido recibió el espaldarazo ayer de parte del Senado de la República. Pero ello no significa más que el inicio de una carrera en contra del tiempo.
Y en esa carrera sucesos como los de Michoacán, Morelos, Guerrero, el Estado de México y el Distrito Federal no son más que parte de un todo que día con día, se presenta más complicado y caliente.
Y ya sabemos que detener delincuentes, por importantes que sean, no conduce a nada como no sea un juego de imágenes y popularidades efímeras.
Lo que se necesita es más que “líderes” de la delincuencia. Se requiere de una estrategia que capture delincuentes, identifique socios financieros y aplique la ley en contra de los aliados en el campo de la política.
Si ello no sucede, todo quedará como antes. Sin importar cuantos discursos puedan lanzarse ante la opinión pública, ni el número de capos que puedan presentarse ante la ciudadanía. Falta poco para saber qué es lo que realmente se busca.

