norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

A pesar de los discursos cargados de optimismo, resulta obvio el hecho de que, en lo que se refiere a la economía, las cosas no marchan como se esperaba. Y ante ello, el pasado viernes, el presidente Enrique Peña Nieto “saltó a la cancha” y lanzó un nuevo llamado al sector privado para que se “ponga la camiseta” y “juegue en equipo” para resolver los retos que enfrenta el país.

Pero el mensaje presidencial, con todo el optimismo del caso, deja muchas presuntas sueltas. Y claro está, deja la puerta abierta a las especulaciones.

Primero, si las cosas están bien ¿por qué es necesario reiterar el llamado a un sector para que se una al proyecto económico oficial?

Después, si el sector privado a dejado ver su malestar con la llamada reforma fiscal y si las cifras muestran con toda claridad que el gobierno no logró las metas programadas, ¿no se requiere más que un llamado a los empresarios para sumarse a la estrategia oficial? ¿No sería mucho más efectivo, por ejemplo, explicarle a la sociedad qué es lo que falló y cuáles serán los impactos del tropiezo?

El gobierno anunció el viernes pasado, una serie de nuevas medidas para fortalecer los avances y reducir los impactos negativos del proceso. Y por supuesto, tomar medidas es algo que tiene que hacerse.

Sin embargo, se anuncia que habrá medidas para que la restricción en el uso de dólares en la frontera y su impacto negativo, se reduzcan al mínimo. Pero ¿no eso tendría que haberse previsto justo desde que se anunció el control de la divisa verde? El anunció hecho por el gobierno ¿quiere decir que hay aspectos de la reforma que no fueron previstos o que se calcularon de manera equivocada?

Del mismo modo, se habló de acciones para facilitar el comercio y de eliminar barreras a la exportación. Y aquí, como en el punto anterior, ¿no este tipo de situaciones tendrían que haber formado parte de las acciones del actual gobierno desde que se inició su gestión?

En realidad, el discurso del presidente Peña Nieto ante los empresarios puede ubicarse dentro de la

tradición para este tipo de encuentros. El problema es que en esta ocasión, el sector privado ha mostrado, de una y mil maneras, que no está dispuesto a modificar su postura. Esto es, no aceptan la reforma fiscal, por más intentos para convencerlos que ha hecho el gobierno.

Para entender mejor el panorama, tal vez sería oportuno recordar que el gobierno prometió, desde el arranque de su gestión, un déficit cero, como una de las medidas centrales de su accionar. Y la meta no se logró.

Prometió tasas de crecimiento para el año pasado que se quedaron lejos de lo que se buscaba. Y se dio vida a la reforma fiscal, con logros que se dijo, tendrían impactos positivos de manera inmediata. Y no se logró nada de lo dicho.

Apenas iniciado el presente año, y con la presión sobre las decisiones oficiales, el gobierno dio pasado a la idea del pacto fiscal, por medio del cual se comprometía a no modificar en lo que resta del sexenio, los impuestos.

El sector privado escuchó, pero no participó. El pacto fue puesto en marcha en un evento al que sólo asistió el sector oficial.

Ahora, con un lenguaje ligado a la fiesta del fútbol, el presidente pide a los empresarios que se “pongan la camiseta”, cuando en realidad podría haber dado mejor resultado explicar las razones de fondo por las que el sector privado se mantiene en contra de la reforma fiscal.

Dicho de otra manera, cuáles son las causas por las que las promesas gubernamentales no son suficientes para remediar el distanciamiento privado.

El discurso oficial suena bien. Pero no resuelve nada. Después de todo, el problema no es de palabras, sino de acciones. Y de resultados. Esos que no aparecen por ningún lado.