Por Norberto DE AQUINO
El gobierno federal no pierde oportunidad para hacer notar la importancia de las reformas estructurales, especialmente la energética y la de telecomunicaciones. Pero tampoco pierde oportunidad para ceder al chantaje de las oposiciones, con lo que coloca a su propio discurso no sólo en tela de duda, sino contra la pared por la presión de los tiempos político electorales y la presión económico social.
Desde el primer momento de su mandato, Enrique Peña Nieto hizo saber a todo el mundo la importancia que su gestión le daría al cambio total con las citadas reformas. Se dio vida al Pacto por México y se lanzó la idea de la necesidad de modificar estructuralmente a la nación.
Así, se emprendió la aventura más importante de mucho tiempo. Y se negoció con las oposiciones, a las que se permitió incluso, apoderarse políticamente de buena parte de los cambios. Pero se cometió el error de ceder para mantener el ritmo del cambio.
Y fue especialmente el PAN el que entendió a la perfección las necesidades del gobierno. Y aprovechó todas las opciones que se le presentaron. Imposible olvidar como, sin importar el impacto de ello, el gobierno federal aceptó frenar los programas sociales hace un año, para que el panismo no se molestara en el proceso electoral en el que se renovarían buena parte de los Congresos estatales.
Los chantajes entonces se convirtieron en la norma del accionar político. Panistas y perredistas se dedicaron a boicotear las reformas o las leyes secundarias, en tanto no se les hicieran nuevas concesiones.
Lo que se aprobaba en la Cámara de Diputados, se modificaba en la de Senadores. Y sólo cuando se cumplían los nuevos caprichos de los partidos opositores, las reformas transitaban.
En estos momentos, en el Senado se tienen entrampadas las reformas energética y de telecomunicaciones. Y PAN y PRD han puesto en claro condiciones para que los cambios puedan seguir su ruta legislativa
Y por supuesto, queda nuevamente en evidencia la incapacidad del liderazgo priísta en la Cámara de
Senadores. Incapaz de conseguir los acuerdos y con ello los votos necesarios, el grupo del PRI en la Cámara Alta se fácilmente rebasado. Y entonces, para resolver las cosas, el gobierno federal tiene que ceder a las presiones del PAN y del PRD.
Así, el PAN quiere que todo se mantenga en calma, hasta que la reforma política sea debidamente “emparejada” en los Congresos estatales. Saben que varios gobernadores han tolerado a sus legislaturas la idea de no dar paso a las reformas, para impedir la pérdida de controles en los procesos electorales.
Y la reforma energética se detiene.
El PRD, que sabe que tiene que ejercer presión sobre el PAN, pide la aplicación de la ley en el escandaloso caso de Oceanografía, con la idea de romper las alianzas entre el partido blanquiazul y el PRI, y con ello asegurar su fuerza en futuras alianzas con quien mejor le convenga.
Pero el problema es el mismo. Los partidos de oposición quieren concesiones, favores, impunidad y compromisos que les permitan mantener su presencia electoral.
A cambio, el PAN en una y el PRD en otra, aseguran los votos necesarios para dar vida a las reformas estructurales. Las mismas que en toda oportunidad posible, el gobierno ha dicho que son indispensables para asegurar el futuro del país.
Pero sin son tan importantes como el gobierno dice, ¿cómo es que se tolera que los partidos de oposición ejerzan acciones de chantaje en contra del gobierno para apoyar los cambios? ¿Las fuerzas políticas que perdieron las elecciones federales pueden presionar así con los cambios que el país requiere?
El discurso oficial dice una cosa. Pero las acciones del gobierno dicen todo lo contrario.

