Raúl Plascencia y José Narro han logrado, en plazos relativamente cortos, convertir instituciones como la UNAM y la CNDH en tristes trincheras de ambiciones políticas. Y lo peor de todo, es que a nadie parece importarle esta situación.
Plascencia que está a punto de terminar el período de control en la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, pretende, prácticamente sin importar el cómo, alcanzar un segundo mandato. Y ha utilizado para ello, todo tipo de acciones.
Por su parte, el Rector de la UNAM, con un activismo que poco reditúa la otrora máxima casa de estudios en el país, ha decidido dar todo su apoyo al abogado general de la institución, Luís Raúl González Pérez, para alcanzar el mando en la CNDH.
Y ¿a quién le importa lo que suceda con ambas instituciones?
Supuestamente, la UNAM es apartidista. Por supuesto, todo mundo sabe que ello es imposible. Pero se esperaba de las autoridades universitarias una actitud más inteligente. Y con derecho a sus ambiciones, nada que atentará contra la Universidad misma o instituciones de otro tipo.
Del mismo modo, se esperaría que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos dedicará sus esfuerzos a resolver el complejo problema que en esa materia se vive en el país.
Pero las ambiciones se desbordaron. Y en estos momentos se vive una guerra política abierta entre los dos grupos que pretenden quedarse con el control de la CNDH.
Y entonces, la pregunta obligada tiene que ser ¿para qué se quiere es control? ¿Qué es lo que se logra o puede lograr desde la CNDH que grupos como el de Plascencia y el de la UNAM aceptaron ir a una guerra sucia y descarnada, con tal de alcanzar esa posición?
Los derechos humanos en el país fue una bandera de muchos sectores que nos llevó a la integración de la CNDH. Y en ese mismo momento, como en tantos otros sectores, las decisiones se convirtieron
en acciones políticas. Y se entregó el control de la Comisión a grupos de presión dentro del ámbito político que desde el gobierno tenían o podían tener, algún peso y se requería su respaldo o, cuando menos, un activismo más “prudente”.
El paso del tiempo nos llevó a entender que la Comisión se había convertido en un coto de poder. Y que los grupos interesados en ese control no escatimaban esfuerzos ni recursos para llegar al control de ella.
Pero ahora la situación es mucho más seria y preocupante.
La batalla ya no es sólo de grupos, sino que involucra a instituciones. Y con ello, el costo es muy elevado. Y lo es para la sociedad.
El deterioro de la UNAM es evidente. Discursos aparte, la Universidad pierde terreno de manera constante. Y la lucha de Narro por mantenerse en el control y de que en su momento, sea heredado a su grupo, es algo innegable.
Pero ahora, esa lucha se ha convertido en un pleito de callejón en el que el prestigio de la CNDH, o lo que de él queda, es lo que está en juego.
Lo mismo sucede con Raúl Plascencia. Sus afanes reeleccionistas llevaron a la CNDH a un terreno en el que la credibilidad simplemente no existe. Es claro su deseo de quedar bien con el poder. Es evidente su intención de que desde el poder mismo, se le conceda el respaldo para un nuevo período.
Ha puesto las decisiones y las acciones de la Comisión en un terreno en el que lo único que importa es “quedar bien” con el poder.
Así, lo que suceda en la CNDH es importante. De las decisiones finales sabremos si en realidad el tema de los derechos humanos importa o sí sólo se quiere como parte de los discursos oficiales.
Por lo pronto, UNAM y CNDH han perdido tanto capital y respetabilidad, que mucho habrá que trabajar para recomponer las cosas. En el caso de que eso sea lo que se pretenda.


