norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

La Casa Blanca ha puesto en claro su preocupación. El Vaticano ha hecho saber que espera soluciones claras y prontas. El Parlamento Europeo condena los hechos y varios de sus miembros piden que la Corte Internacional tome cartas en el asunto. Y mientras tanto, el gobierno federal avanza con gran lentitud y poca claridad, sin demostrar capacidad para resolver la crisis a que se enfrenta.

Y a un mes del estallido del caso Iguala y a poco más de tres de las ejecuciones realizadas por el ejército en el Estado de México, no se tiene una idea precisa de lo que se hace, o del como se hace. Y como añadido, el asunto del IPN, al cual se prometieron respuestas en “menos de treinta minutos”, sin que nadie sepa en verdad, qué es lo que sucederá en esa casa de estudios.

El panorama es en realidad, complejo. Y por lo pronto, todo lo que se tiene seguro es que el gobierno federal perdió el “mexican moment” y corre el riesgo de perder el sexenio.

La situación política es un verdadero caos. Todos los partidos están sometidos a un desgaste acelerado. Y la ausencia de propuestas sólo enfatiza la crisis. Y el gobierno no ha podido encauzar los debates y menos aún, convencer a la sociedad.

En el campo de la seguridad, el fracaso no puede ser más evidente. No sólo hay ejecuciones extra judiciales y desaparición de decenas de estudiantes, sino que se ha puesto en evidencia la corrupción que ha permitido que el narcotráfico avance y sea capaz de llevar a los puestos de elección popular a sus “representantes”.

De esta manera, llevar a juicio a los militares asesinos es un avance. Pero no es la solución. Del mismo modo, encontrar a los normalistas, vivos o muertos, puede ser un logro, pero de manera alguna podría ser visto como la respuesta al problema. Y dialogar con la comunidad politécnica dará un respiro, Pero acabar con el conflicto requerirá de mucho más.

Y es que las soluciones no son, ni pueden ser, algo que se registre en capítulos. Está en juego el sexenio actual. Guste o no, ya se perdió la imagen. Ya no existen rastros, del “mexican moment”. Y de

no aplicarse medidas radicales, en poco tiempo no quedará más que la complicada tarea de terminar un mandato, sin que se tenga posibilidad de nada importante.

La situación es complicada. No es la violencia. No es la liga de los políticos con el narcotráfico. No es la corrupción. NO es la torpeza de las autoridades o la lentitud con la que han reaccionado. No es la demostración de que al momento de aplicar la inteligencia en las tareas de seguridad, no existe ni la capacidad, ni la estrategia adecuada.

La crisis es de fondo. Y el primer paso tendría que ser, se acepte o no, que el equipo en el poder ha resultado un fracaso en lo político y en el campo de la seguridad.

¿De qué serviría, por ejemplo, encontrar a los estudiantes, vivos o muertos, si no se puede resolver el problema que significa el deterioro social que condujo a esta situación? ¿En realidad lo importante es sólo saber qué paso con los normalistas? ¿Y qué se hace con el sinnúmero de fosas y cadáveres que se han encontrado en Guerrero, pero que es obvio existen en buena parte del país?

La crisis ha colocado al gobierno de vuelta a la realidad. El optimismo de hace unos meses se ha convertido en temor y angustia para la sociedad. Y la promesa de los grandes logros que nos esperaban, parece haber cedido el sitio a la posibilidad de golpes, de todo tipo, que los mexicanos tendrían que asimilar olvidando el compromiso de “mover a México”.

La estrategia fracasó. En todos los campos. Los acuerdos políticos que se fincaron en la impunidad, arrojan ahora como saldo el retroceso en la legitimidad. Y ese saldo, poco a poco, aleja a la sociedad. Y el gobierno se queda sólo.

Las decisiones no pueden llegar en capítulos. Y ni siquiera tienen que llegar en torno a los temas que hoy nos agobian. Tienen que tomarse en el gobierno y para el gobierno. Eliminar la incapacidad. Y acelerar las decisiones.

Todo lo demás será motivo para que la Casa Blanca. El Vaticano y los países europeos hagan notar su preocupación por lo que sucede en México. Algo que podría resultar menor si los mexicanos deciden que es hora de poner de manifiesto su inconformidad y malestar con lo que sucede.