norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Apenas se dio a conocer la idea, para todo el que quiso verlo, fue claro que el Pacto por México tenía pies de barro. Se trataba de una cuerdo copular que, se aceptara o no, tendría problemas muy serios para mantener su vigencia.

Y el paso del tiempo demostró que esos cálculos habían sido acertados. El gobierno había logrado conquistar los votos en el Congreso para sus reformas, pero había levantado al mismo tiempo, una pesada losa sobre las espaldas de sus aliados políticos, especialmente en la izquierda.

Nadie quiso ver la situación en su exacta dimensión. Del mismo modo que en Guerrero se intentó al máximo, mantener en el poder a Angel Aguirre, se pretendió dar fuerza al grupo que controla, ya con serios trabajos, los destinos del PRD.

El gobierno pensó que la imagen de una “izquierda responsable y productiva” sería suficiente para resistir los embates de los muchos grupos de inconformes dentro del partido del sol azteca, y en la izquierda en general.

Y la alianza se mantuvo hasta que el colapso de los acuerdos se presentó en Iguala. De pronto, a todos los involucrados les costaba y mucho, mantener la línea de las alianzas. Y la presión más grande recayó en el perredismo. Ese perredismo que había logrado grandes beneficios a cambio de sus votos en favor de los proyectos del gobierno.

Al momento en que Iguala demostró que la corrupción y la impunidad le habían permitido al PRD llevar al poder a elementos como José Luis Abarca, los pies de barro provocaron la caída de los pactos. Y la necesidad de sobrevivir desató el “sálvese quien pueda”.

Por supuesto, la víctima más importante en todo este desastre es, además de los normalistas y sus familias, el gobierno de Enrique Peña Nieto que nunca entendió el problema que se le había presentado y le apostó al tiempo y la olvido y ahora paga las consecuencias.

Pero en el terreno de las víctimas, es obvio que la izquierda ubicada dentro del PRD vive en estos

momentos la peor de las pesadillas.

Claro está que para quienes conocen la situación dentro del Partido de la Revolución Democrática, lo que hoy sucede no es más que algo lógico. El grupo Nueva Izquierda que encabezan Jesús Ortega, Jesús Zambrano y Carlos Navarrete, pagan hoy la larga serie de traiciones mediante las cuales se apoderaron del partido, así como el colaboracionismo para con el gobierno que les permitió resistir los embates de sus rivales dentro del perredismo.

Carentes de ideas y políticas reales destinadas a servir a la sociedad y demagogos y cínicos que pensaron que con aquello de que buena parte de las reformas estructurales los tenía a ellos como autores tenía suficientes para salir adelante y consolidarse en las elecciones del año próximo, hoy son considerados como uno de los peores males del país.

Oportunistas descarados y ambiciosos en extrema, los “chuchos” quieren hoy, con juegos de palabras, sacudirse la responsabilidad que les ahoga por los sucesos de Iguale. Y quieren evadir culpas alegando que el PRD no puede ser responsable del comportamiento de sus candidatos. Justo lo que siempre rechazaron como excusa en los priístas.

El PRD está en una crisis de muy serias dimensiones. Carecen de la legitimidad que da el respaldo social. Son un pesado lastre para sus hasta hace poco, firmes aliados políticos. El gobierno, que tanto ganó con sus votos, hoy tiene la obligación de juzgarlos para poder mantenerse a flote. Y la sociedad, esa a la que tanto utilizaron y tanto han traicionado, hoy los ve como lo que realmente son: una partida de políticos desidelogizados que han usufructuado hasta la saciedad, las demandas de los ciudadanos.

Una de las grandes víctimas de la crisis que se vive en estos momentos es el PRD. Y uno de los puntos sobresalientes de esa crisis es que abre la puerta para que una verdadera izquierda pase a ocupar su lugar en el espectro nacional.

Claro, en el supuesto de que esa izquierda realmente exista.