norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

El escenario político nacional está lejos de haberse tranquilizado. El gobierno federal desea que las fiestas de fin de año le brinden un respiro y alivien las tensiones. Pero lo que las festividades puedan suavizar, lo habrá de calentar el clima electoral.

El gobierno de Enrique Peña Nieto apostó buena parte del capital político que aún le queda, al efecto de un discurso cargado de anuncios de futuras acciones. Y podría no haber logrado el efecto anhelado.

El pasado jueves, según todos los resultados, el discurso presidencial se quedó corto y no es suficiente para enfrentar la crisis actual.

Así, al gobierno le queda en las manos el espacio que provocan las fechas de fin de año. Pero sólo como preámbulo para la contienda electoral federal del año entrante. Y sin los resultados en la mano y con la pérdida de credibilidad y debilidad en el liderazgo, las amenazas son muchas.

El pasado jueves el gobierno parecía más preocupado por lograr el aplauso, que por responder a las demandas de la sociedad.

Incapaz de comunicar su mensaje y con un formato viejo y de impacto más que limitado, el gobierno parece haber perdido una buena oportunidad para demostrarle a la sociedad que puede estar cerca de ella.

Ahora, los tiempos están cerrados. Las respuestas a Tlatlaya, Iguala y la Casa Blanca, ya no podrán dejarse fuera de los tiempos electorales. Y si las soluciones no tienen un alto impacto, es obvio que el resultado tendrá efectos directos en las urnas.

Atrapado en sus propios errores y dueño de una lentitud político inexplicable, el gobierno federal se ha dejado arrinconar. Y perdida la iniciativa, es ahora presa de las necesidades defensivas, sin que se entienda que en ese formato, nada de lo que se haga será positivo.

El jueves pasado el presidente de la República tuvo en las manos una oportunidad política para dar

pasos hacia adelante. Y no la aprovechó. Se apostó por la idea del anuncio y el llevar al terreno legislativo, el debate sobre la seguridad.

Pero el gobierno olvidó que buena parte de lo que ahora propone, formó parte de la agenda del grupo en el poder desde que en el 2011, se dedicó a buscar la candidatura presidencial primero, y el gobierno federal después.

Así, sin explicar las causas que llevaron a no tener avances en el área de la seguridad, como se habían prometido y sin señalar responsabilidades y responsables por el fracaso, el intentar cambiar de estrategia y “ahora sí” tener resultados no parece tener un soporte adecuado.

Y con el tiempo presionado para el inicio de las campañas y la presentación de candidatos, el gobierno tiene un margen reducido para la movilidad.

El caso Tlatlaya se ha dejado fuera del escenario. Pero ello no implica que la sociedad no lo recuerde. El tema de los normalistas de Ayotzinapa depende los expertos austriacos, pero ello no significa que la sociedad vaya a reconocer todo lo que se le diga que sucedió. Y el asunto de la Casa Blanca se ha convertido en el escollo más grande en todo lo que son los discursos sobre corrupción e impunidad que lance el gobierno.

Quedan por supuesto, los temas de la UNAM y el IPN y las actuaciones de las autoridades federales en torno a los “manifestantes” y las detenciones fuera de toda normatividad.

El tiempo electoral aparecerá de lleno una vez que las vacaciones de fin de año se terminen.

Y lo peor es que, según se ve, los temas que tanto han sacudido al gobierno no se habrán resuelto del todo para entonces.

Por más discursos que se presenten, la crisis de la clase política es ya un problema institucional. Y la perdida de liderazgo y credibilidad sólo aceleran el desgaste.