Sin entender realmente que la crisis que enfrenta tiene sus raíces en la pérdida de liderazgo y credibilidad, el gobierno federal ha elevado las apuestas y supone que un “control de daños” cimentado en los días de descanso, será suficiente para que los problemas amainen y se entre en una ruta de salida del conflicto político que permita retomar los temas de la agenda nacional.
Pero el optimismo oficial no parece encontrar eco en la realidad. Es más, podría suponerse que la ola creada por la crisis lejos de perder fuerza, amenaza con alcanzar niveles muy serios.
El gobierno nunca entendió realmente las razones del conflicto. Se negó a comprender que, más que una crisis de instituciones en el sentido clásico de la crisis política, lo que tenía que resolver se reducía a una crisis de clase política.
Dicho de otra manera, el problema se encontraba en el interior del gobierno dada la obvia incapacidad de varios de sus integrantes para enfrentar los retos nacionales.
No obstante las evidencias registradas desde el arranque del gobierno sobre los problemas de falta de capacidad, se apostó a la velocidad de las reformas. Se dio vida a un pacto que, cupular como era, no representaba a todos. O que en el mejor de los casos, había olvidado sectores que también podrían tener algo que opinar.
El optimismo sin embargo fue total. Los elogios llegaron de todas partes y se pensó que no había ya nada en el futuro, que no fuera la nueva versión de la “administración de la abundancia”. El país estaba por fin, en movimiento.
La realidad, sin embargo, tenía sorpresas preparadas. Nada de hechos novedosos o fuera de lo conocido. Simplemente, la repetición de los sucesos de siempre. Sólo que ahora, con todo el peso del conocimiento abierto, ante el cual el gobierno, sin comunicación real, simplemente se desmoronó.
Así, estalló Tlatlaya. Y el gobierno como en el pasado, apostó a la desinformación y al olvidó. Un enfrentamiento entre “buenos” y “malos”, con bajas sólo entre los supuestos delincuentes. Y todo había
terminado para el gobierno.
Sin embargo, la información resultó ser demasiado fuerte. Y la incapacidad oficial demasiado grande. El problema resultaba simple, pero terrible para el gobierno. Los soldados había ejecutado, a sangre fría, a los supuestos delincuentes.
Y todo se complicó.
Se quiso jugar con el IPN para “tapar” Tlatlaya y de manera simultánea, apareció Iguala. Y el desastre fue general. La incomunicación oficial resultó absoluta. Y nada detuvo el colapso. Desde el exterior los elogios se convirtieron en críticas y desconfianza.
Y cuando se pensaba que se podría lograr algo con investigaciones abiertas, aparecieron las casas al estilo “Higa sido, como Higa sido”. Y nada pudo detener el caos.
Ahora, el gobierno quiere recuperar algo de los espacios perdidos. Quiere un control de daños que basado en su “verdad” y cubierta por el descanso navideño, permita cambiar los temas en la agenda.
El gobierno parece no haber entendido la verdad del problema. Y quiere regresar al sitio en el que nos encontrábamos antes de la crisis. Esto es, le apuesta a una reconciliación con la sociedad, sólo con “un poco de tiempo” para que las cosas se enfríen.
No se ha entendido que el problema no es recuperar la agenda. Ni siquiera es el recuperar el tiempo o los elogios del capital.
El gobierno tendría que luchar por recuperar el respeto de los ciudadanos. Y eso no es algo que esté en la lista del gobierno y menos en la de los ciudadanos. Y sin respeto, el gobierno difícilmente llegará a ninguna parte.


