norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Si el gobierno le apostó al período vacacional para que los problemas se enfriaran y la agenda nacional entrara en una temática diferente, la realidad ha demostrado que los cálculos no sólo fueron erróneos, sino que, de nueva cuenta, el equipo en el poder parece encontrarse muy distante de los intereses de la sociedad.

El gobierno quería que temas como Tlatlaya, Iguala y la casa blanca, entraran en una dinámica de desgaste en el ánimo social. Esperaba que las vacaciones y el arranque del nuevo año le abrieran la oportunidad de retomar la iniciativa política no sólo entre las fuerzas políticas, sino fundamentalmente, ante los ciudadanos.

Pero la realidad se ha impuesto. Y lejos de haberse enfriado los temas, algunos de ellos han cobrado nueva fuerza. Y amenazan con elevar los costos del gobierno.

El tema de Tlatlaya, con la ejecución de más de 20 personas a manos del ejército, ha abierto una herida que no tiene trazas de cerrar. Lejos de ello, poco a poco ha desbordado los diques que el gobierno intentó colocar para detener la caída. Pero todo fue en vano.

Ahora, el tema no es ya si los soldados violentaron o no la ley, sino el hecho de que la estructura de mando en el ejército presenta serias fallas que ponen en tela de duda muchas cosas.

Y aunado a ello, el hecho de que, se acepte o no, el gobierno federal se lanzó de lleno a dar por buena la primera versión del ejército, con la idea del “enfrentamiento” como eje de todas las acciones.

En estos momentos, las fuerzas armadas se enfrentan al reto de la investigación de una CNDH que no sólo intenta recuperar credibilidad y confianza, sino que se juega su existencia frente a las acciones de la autoridad en todos sus niveles.

En el caso del Iguala las cosas son muy parecidas. La postura oficial no sólo no ha impactado realmente en el ánimo social, sino que adolece de una creciente falta de respaldo.

Pero aún, el movimiento en Ayotzinapa ha logrado resolver la estrategia de “vacío” aplicada por el gobierno. Y lejos de entregar sus banderas, ha avanzado en lo que a credibilidad se refiere. Dicho de otra manera, entre más se eleva la presión en este caso desde lo interno, el gobierno federal pierde terreno en lo internacional.

Y mañana martes habrá en Washington una cumbre entre Enrique Peña y Barak Obama. Y se espera que la Casa Blanca le de al gobierno mexicano mucho apoyo. Pero lo que no parece ser muy claro es que ello se traduzca en credibilidad.

En el caso de la casa blanca, y la de Malinalco, el problema sigue abierto. El gobierno quiere dar por cerrado los casos. Pero no ha logrado avanzar en ello. Quiere evadir el tema, pero difícilmente logrará sus metas.

De esta manera, el inicio del año queda atrapado en los temas con los que se cerró el pasado. Ante ello, lo que tiene que conocerse es la estrategia que planea seguir la administración federal para salir de la crisis en que se encuentra atrapado.

Y esa estrategia tiene que concentrarse en el hecho de que el proceso electoral para renovar la Cámara de Diputados, nueve gobiernos estatales, poco más de mil alcaldías y 17 congresos locales llevará los temas de Tlatlaya, Iguala y la casa blanca, como parte vital del debate político.

El gobierno podrá suponer que abandonar el temario al desgaste del tiempo fue una buena idea. Puede creer que a pesar de todo, los padres de Ayotzinapa o las fuerzas armadas, han perdido fuerza.

Sin embargo, la realidad de estos días deja ver que ello no es necesariamente cierto. Y apostar a la misma estrategia podría no dar resultado.

Y para entender lo que sucede, bastaría con poner atención a los mensajes presidenciales de fin de año. Ningún impacto. Ninguna reacción positiva. El respaldo social para con el gobierno se ha deteriorado.

Y querer gobernar sin la sociedad siempre será muy difícil, por la simple y sencilla razón de que sin respaldo, lo que queda para sostener las estrategias es la fuerza. Y curiosamente, la legitimidad del uso de la fuerza es lo que ha perdido el gobierno.