El presidente Enrique Peña Nieto intentará hoy en Washington, el rescate de su administración. Y para lograr el objetivo requerirá de algo más que de una sonrisa y un apretón de manos de parte de un Barak Obama mas preocupado por su salud política que por el gobierno mexicano.
Por supuesto, el encuentro de loa mandatarios de México y de Estados Unidos tiene importancia para ambas partes. Pero resulta complicado creer que para Washington las cosas son tan vitales como para nuestro país.
Para Estados Unidos los temas centrales del encuentro, más allá de lo que se dice en el campo diplomático, no son los que más urgen a México. Y esa distancia entre objetivos no puede ser puesta a un lado.
Ante ello, para poder medir mejor las cosas, habrá que recordar primero, que se acepte o no, Estados Unidos dejó de lado a México en su recomposición de relaciones con Cuba. Por supuesto, el país caribeño no hizo nada en favor de su viejo aliado. Pero es claro que para la Casa Blanca la fuerza de México en Latinoamérica ha perdido valor. Y mucho.
Del mismo modo, queda a la Vista que el Vaticano decidió llenar un hueco político en una zona que le resulta fundamental para su sobrevivencia política. Y que para lograr sus fines está más que dispuesto a rebasar aliados y fuentes de respaldo de todo tipo.
México, entonces, llega a Washington con una muestra evidente de devaluación política en el Continente. No somos ya, la cabeza de las naciones al sur del Continente. Ni siquiera somos un país al que se debe tomar en cuenta para las grandes transformaciones. Y ello se acepte o no, es un fracaso enorme en la política exterior.
Pero ello es sólo el principio.
Los asuntos de corrupción, inseguridad y crisis económica en México preocupan a los Estados Unidos. Pero de manera diferente. No les preocupa el bienestar ciudadano. Le molesta la debilidad de
un gobierno que debe garantizar tranquilidad al sur de su frontera.
Así, el tema de la Casa Blanca preocupa por el simple hecho de que ello deja ver a un gobierno que, para Washington no es confiable. O no lo es en la medida en que ellos pensaban. El caso de Tlatlaya molesta al gobierno de Obama por que confirma su idea sobre la desconfianza en el ejército mexicano que se puso en claro desde el gobierno de Felipe Calderón. Los Estados Unidos han mostrado sus reservas para con el ejército mexicano, Y Tlatlaya es apenas parte del problema. Y el tema de Iguala aparece entonces como el punto escandaloso, pero no el más importante, de un problema que deja ver que las instituciones encargadas de la seguridad no son capaces, por omisión o por corrupción, de impedir que el narcotráfico penetre las posiciones del sector político.
La verdadera agenda para el encuentro de hoy es simple. Pero no necesariamente es la que se deja ver en el programa para el encuentro entre los presidentes de Estados Unidos y de México.
Los temas que en México han desquiciado al gobierno servirán para acentuar la debilidad política del equipo en el poder en nuestro país.
Y Washington no dejará pasar la oportunidad para presionar sobre aspectos sobre los que ha demostrado interés.
China será un tema. Los derechos humanos, otro. Pero en el fondo, el eje de todo será la fragilidad en la que se encuentra la administración de Enrique Peña Nieto.
Y si existen dudas, habría que ver primero, como hace unos días, dos terceras partes de México pasaron a formar parte de la “alerta” del Departamento de Estados a sus ciudadanos para que eviten viajar a esas zonas.
O atender la forma en que Washington se mostró preocupado por lo que sucede en México, y por supuesto, la “forma” en ofreció su ayuda.
Hoy en Washington lo que habrá que ver es la forma en que el señor Obama quiere “ayudar” a Enrique Peña Nieto, al tiempo en los medios de comunicación estadounidenses presionan sobre tal o cual tema. Después de ello será más fácil definir que tan “bien” le fue a México en su visita a la capital del imperio.


