norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Es obvio que el presidente Enrique Peña Nieto ha emprendido una batalla en pos de la reconquista de la confianza ciudadana. Y es evidente que dicha estrategia es encabezad por el propio presidente de la República. Falta saber si los objetivos pueden ser alcanzados sólo con discursos o serán necesarios ajustes en el equipo de gobierno.

Hasta septiembre pasado, el gobierno de Peña Nieto marchaba a toda velocidad rumbo a la transformación nacional. Había logrado no sólo las reformas estructurales en su primera etapa, sino que tenía el respaldo mundial y el aplauso de los grandes capitales.

Pero Tlatlaya, Iguala y la casa blanca derrumbaron todo el andamiaje montado en base a los acuerdos cupulares que dieron vida al Pacto por México. Con estos temas en la agenda, el gobierno no sólo retrocedió y mucho en el terreno ganado, sino que se dejó atrapar en el tema de la ilegitimidad. Sus respuestas no sólo fueron tardías, sino que se ubicaron en el terreno de la mentira y la manipulación.

Con un panorama así, se apostó evidentemente, por el tiempo. Se quería que el período vacacional enfriara el clima adverso. Y que el el ámbito internacional, se entendiera la posición oficial. Pero el tiempo no ayudó y en lo externo las cosas se complicaron con el renacimiento de la violencia en Michoacán y la creciente tensión en Guerrero.

De esta manera, se puso en marcha la nueva estrategia. Y la figura ha sido el titular del Ejecutivo.

Mensajes navideños, de fin de año o de inicio del 2015. Las redes sociales como parte de las rutas a seguir. Y optimismo. Mas que nada, optimismo.

Así, el presidente Peña Nieto habló, en las diversas ocasiones, lo mismo del “no podemos seguir así” que de objetivos económicos para que le “vaya bien a las familias”. Entró en temas como el de la transparencia y repitió la idea de lo que ya se puede ver en los hechos. Tocó promesas como la de las tarifas eléctricas o la larga distancia. En síntesis, el presidente asumió un rol que no había querido

desempeñar en los primeros dos años de su administración.

La idea, no es necesario un gran esfuerzo para entenderlo, es que, a pesar de los problemas, el gobierno tiene rumbo y el país tiene fortaleza. Se entró al terreno en el que el gobierno del mexiquense se había negado a participar. El área de debate.

Por supuesto, ello no quiere decir que la solución ha llegado. Lo que hay es un evidente cambio en la estrategia oficial. Y nadie puede asegurar ni se que se mantendrá, ni que se lograrán objetivos como el de recuperar la iniciativa política o llegar a recomponer la relación con la sociedad, hoy tan dañada.

El gobierno federal acepta que ha sido derrotado en lo que ha credibilidad se refiere. Sabe que no respondió con certeza a los problemas. Y sabe que abandonó el campo de batalla de una manera riesgosa.

Ahora, con el poco capital político que la queda, parece intentar recomponer las cosas. Aunque sea sólo en parte.

Pero la pregunta obligada es sencilla.

La crisis actual es más que de instituciones, de clase política. Han fracasado, de manera clara, muchos de los integrantes del equipo en el poder.

Fracasos en lo político, lo económico y en la seguridad. Fallas que han provocado la caída en los índices de aceptación del gobierno.

Así, ¿la solución se puede lograr sólo con un cambio de discurso? ¿El presidente de la República puede recuperar la confianza ciudadana sin a cambio, ajustar el equipo que fracasó ya?

El primer mandatario asumió al parecer, un nuevo rol. Y alguno de sus funcionarios ha repetido ya el mensaje. “No podemos mantener la desigualdad social”. ¿Pero ello es suficiente”.

¿Tlatlaya, Iguala y la casa blanca son retos que puede enfrentarse sólo con palabras?

El presidente llegó al punto de las decisiones. Y de lo que determine se sabrán muchas cosas. Y como se diría hace ya muchos años, la “suerte está echada” una vez que se inicie formalmente, el segundo tercio del gobierno.