A partir de septiembre pasado, el presidente Enrique Peña Nieto ha perdido capacidad para comunicar. Nunca contó con una gran habilidad discursiva y los contenidos de sus mensajes quedaban siempre, en el terreno de lo superficial. Pero desde que el caso Iguala arroyó al gobierno, el problema se ha convertido en una verdadera crisis que por lo visto, en la casa presidencial no han podido asimilar.
Hace unos días, el presidente, rodeado “de los suyos” en una visita al Estado de México, habló de la facilidad con la que “se olvidan las cosas buenas”, por lo que dijo, había que recordarlas. Palabras más, palabras menos, el señor Peña Nieto reclamaba reconocimiento a su labor. Se sentía, evidentemente, molesto por las muchas críticas y los pocos elogios a su desempeño.
Ya antes, vía Aurelio Nuño, había externado la molestia de Los Pinos por el comportamiento de la prensa que buscaba respuestas a los problemas. No se les dará gusto, dijo el titular de la Oficina de la Presidencia.
Las cosas mostraban un rostro singular de la Presidencia. Pero a pesar de ello, se pensaba que no pasaría de ahí el tema.
Sin embargo, ahora queda claro que el gobierno quiere alabanzas. Y las quiere rápido y de todos. Especialmente de la prensa.
Al dar a conocer el nombramiento de Virgiliano Andrajo como titular de la Función Pública y el nuevo catálogo de medidas contra los conflictos de interés, el presidente Peña Nieto dejó ver el problema que vive el gobierno cuando, dirigiéndose a lo periodistas en el evento, dijo claramente “se que no van a aplaudir”.
Esto podría tomarse como un reclamo. O como una muestra de soberbia y desprecio. Pero en cualquier caso, es la demostración de que el titular del Ejecutivo busca aplausos, y no, como tendría
que ser, el respeto de los ciudadanos.
En el peor momento de su administración, con severos cuestionamientos en todos los frentes y con la necesidad de iniciar una investigación, aún cuando evidentemente es muy cuestionable, sobre las casas adquiridas vía mecanismos poco claros, el presidente reclama y a la prensa, que no se le aplauda.
Y se pueden decir muchas cosas y se pueden intentar mil explicaciones. La realidad es que el primer mandatario no entiende el papel de la comunicación.
No ha logrado asimilar la caída de su aceptación. No ha logrado aceptar que su credibilidad siga a la baja. No tolera las críticas y los cuestionamientos. No pudo resolver la crisis de clase política que vive su administración.
Y al momento en que le ordena a un empleado suyo que haga una investigación que por supuesto, parece destinada a terminar con el señalamiento de que todos en el gobierno son inocentes, lo que pide es que se le aplauda. O lo que reclama es que no se le aplauda.
“Se que no van a aplaudir” es suficiente para entender lo que sucede en el seno del gobierno. Se sienten incomprendidos. Y hasta ofendidos por la actitud de la sociedad. Piensan que son infalibles y que las críticas que reciben no sólo son injustificadas, sino ofensivas. Deben preguntarse ¿cómo es que se atreven siquiera a sentirse molestos por lo que hacemos”.
Es claro que en el gobierno, con el presidente a la cabeza, hay un profundo desprecio por la prensa. Y que sólo quienes los “aplauden” son “buenos” o “profesionales”.
El gobierno no ha entendido que no los funcionarios públicos no son los dueños del país Y que todos, sin faltar uno, son servidores públicos. Esto es, que están ahí para servirse. Y que la rendición de cuentas, a la que tanto se niegan, no es una concesión a la sociedad, sino que tendría que ser una obligación sujeta a sanciones para quienes no cumplieran con ella.
Enrique Peña Nieto quiere aplausos, cuando lo que tendría que luchar con conquistar es el respeto de los mexicanos. Algo que, por el momento, no sólo no tiene, sino que está muy lejos de poder alcanzar.


