Por Norberto DE AQUINO
Lo mismo que en el caso de Iguala, el gobierno federal ha llegado demasiado tarde al frente de batalla de los conflictos de interés que han derrumbado estrepitosamente, su imagen. Y al llegar retrasado, lo que hace es lanzar discursos y dejar en el olvido las explicaciones y las soluciones.
Con The Financial Times como medio, y una entrevista como recurso, el presidente Enrique Peña Nieto se refirió a los problemas nacionales, como parte de su accionar en la visita de estado a la Gran Bretaña.
Y de salida, parece mantener la idea de que no ha entendido el fondo del problema.
Primero, utiliza, por segunda ocasión en unos cuantos días, al rotativo londinense, para dejar en claro que su lejanía con The Economist, feroz crítico en los últimos tiempos del accionar del gobierno mexicano, es total, sin tomar en cuenta que Financial Times escucha, pero no necesariamente se convence.
Después, para mostrar a los europeos que entiende a la perfección el problema, reconoce que en México se vive un clima de incredulidad y desconfianza.
Acepta que mucho de ello se debe al problema conocidos como el “conflicto de las casas presidenciales”, al que, por fuerza, se añade el caso de los normalistas desaparecidos.
El presidente explica que esa pérdida de confianza se traduce en sospechas y dudas, en una reacción que dice, es entendible.
Es muy posible que el clima en México no sea del todo conocido en Europa. Y es posible del mismo modo, que las palabras del titular del Ejecutivo Federal suenen bien. Pero eso es nuevo, tal vez, para los europeos. En México ese tema es “viejo”. Se ha discutido desde la parte final del año pasado. Y hasta el momento, el presidente de la República lo que ha hecho es simplemente, ignorar todo lo que es el malestar social.
En el caso de las casas adquiridas por él, por su esposa y por el Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, a constructoras ligadas a sus gobiernos en el Estado de México, primero, y ahora al federal, se ha cuestionado a los críticos y para demostrar “la legalidad” de las compras, se nombró a un nuevo titular en la Contraloría, al que se le explico en público, qué es lo que sí hace un presidente y qué es lo que no hace.
El presidente, en sus explicaciones a los europeos habla de la legalidad de las cosas. Y de que hay que mejorar todo lo que esa legalidad y el orden. Pero se olvida de todo lo que es el conflicto ético y político, el cual difícilmente se resolverá con “los planteamientos legales”.
El primer mandatario olvida, también, que en caso de Iguala, su gobierno intentó minimizar las cosas y que al inicio del conflicto, lo que hizo fue buscar convertir el caso en un “asunto local” y que fue sólo cuando el problema había acabado con los poderes en Guerrero, fue que se decidió en el gobierno federal asumir la responsabilidad en un movimiento que, a todas luces, no sólo resultaba tardío, sino insuficiente.
El presidente plantea el clima de desconfianza e incredulidad. Pero no va al fondo de las cosas.
Dice que el gobierno tiene que replantearse las cosas para redefinir la ruta que debe seguirse en el futuro.
Pero no explica cómo se puede cambiar de rumbo si esa es la decisión, o mantener el actual y lograr mejores resultados, sin modificar el equipo de trabajo.
Esto es, las tardanzas en las decisiones, la torpeza en el actuar, las medias verdades, los intentos por desviar la responsabilidad y el buscar que el tiempo resuelva las cosas, son el cimiento sobre el que se han construido la desconfianza y la pérdida de credibilidad. Y ello es consecuencia de la incapacidad del grupo en el poder.
Así las cosas, el clima que reconoce el presidente es producto de los errores de su equipo. ¡puede entonces cambiar o redefinir las cosas, sin antes modificar esa situación?
El presidente habla para los europeos. Pero ese mensaje difícilmente cambiará las cosas en México.

