norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Negar la realidad puede parecer una medida atractiva para enfrentar los problemas. Pero creer que ello es la solución de las crisis, puede resultar explosivo. Y el gobierno de Enrique Peña Nieto ha pagado el precio por no entender esta situación.

La relatoría de la ONU sobre la tortura en México resultó en un golpe demoledor contra nuestro país. El señalamiento de que en México la tortura es algo generalizado resultó ser molesto. Pero la puntualización de que esa práctica resulta ser algo normal lo mismo en las policías federal, estatal, municipal que en las fuerzas armadas, fue lapidario.

Pero, como siempre, el gobierno federal respondió con una negación de los hechos. Y como siempre, calculó mal las cosas. Intentó poner en ridículo al relator y sin más, dijo que todo el informe tenía “sólo 14 casos” como sustento. Cuando entendieron lo que se había desatado, todo había terminado.

El gobierno mexicano, por conducto de Jorge Lamónaco, representante ante organismo internacionales, por José Antonio Meade, titular de Relaciones Exteriores, buscó quitar peso al informe. Y para lograrlo, el primero dijo que los datos no se ajustaban a la realidad. Y el segundo, habló de que “sólo” se había presentado evidencia de unos pocos casos.

Lamónaco demostró que la realidad no es algo que forme parte de los discursos del gobierno. Y además, dejó ver que, a pesar de que se contó con un año para trabajar en una respuesta efectiva al fallo que ya se sabía no tendría clemencia con México, los encargados del reto simplemente no tomaron en serio la situación.

El señor Meade, por su parte, con aquello de que fueron “sólo” 14 los casos presentados por la ONU, dejó ver su desprecio por muchas cosas. Entre ellas, los derechos humanos.

Habría que preguntar al responsable de Relaciones Exteriores ¿cuántos casos de tortura son aceptables en México? para poder de esa manera, tener posibilidades de determinar si los dichos de la ONU son “pocos” o no.

Pero la parte central de la torpeza demostrada por las autoridades mexicanas se encuentra en el hecho de que, con sus cuestionamientos al relator de la ONU, lo que se propició fue la obligada respuesta.

Y en esa respuesta, ahora en todos los medidos de comunicación de todo el mundo, lo que se hace notar es que, le guste o no a nuestro gobierno, “la tortura es algo generalizado en México”. Y las partes que no se leyeron del documento presentado en Ginebra, fueron ahora ventilados a los cuatro vientos, de manera que quienes no tomaron en cuenta el evento en Ginebra, se enteraron mediante el escándalo de la respuesta.

El gobierno mexicano fue incapaz de entender la situación. Tenía la oportunidad de poner un paso al frente, asumir el problema, buscar reducir el impacto y adelantar sus movimientos para dejar ver su voluntad para avanzar en la eliminación de la tortura.

Lejos de ello, se buscó la ruta de la victimización., Se cuestionó la capacidad del relator. Se redujo la importancia del comité sobre la tortura. Y se abrió la puerta para que el malestar interno tomara nuevos bríos en muchos frentes.

Ahora, la ONU reitera su fallo. En México la tortura es algo generalizado. En México las fuerzas armadas torturan tanto como cualquier otra policía. En México hay instituciones que no están preparadas para la función que se les tiene encomendadas. En México el problema es que la delincuencia es un reto lo mismo para la sociedad que para el estado.

Y, como parte de la “ola de desconfianza e incredulidad” de la que se queja el presidente Enrique Peña Nieto, ahora tenemos que el gobierno se considera muy por encima de la ONU.

Negar la realidad es en apariencia, una posibilidad para hacer frente a cualquier problema. Las cosas se descomponen cuando nadie la avisa a la realidad que tiene que modificar sus efectos. Y el gobierno mexicano no ha entendido esa situación.