Los esfuerzos de la Secretaría de Hacienda por esconder los problemas que la economía nacional enfrenta no son del todo exitosos. La devaluación del peso, a la que por supuesto se le conoce como “depreciación” se oculta tras el silencio sobre las explicaciones de la caída. Y el desplome del precio del petróleo se maneja como efecto de un problema internacional. Pero la realidad es que, a querer o no, nos esperan años muy complicados.
La Secretaría de Hacienda tendría que haber sabido sobre las tormentas que acechaban en el horizonte. Pero la apuesta por las reformas estructurales fue el eje de las decisiones oficiales. Y con esa apuesta bajo el brazo, el gobierno de Enrique Peña Nieto se lanzó a una carrera en contra del tiempo.
Y los problemas están ahora a punto de estallar.
Más allá de que las promesas sobre los famosos 4 puntos extras que se tendrían en el PIB una vez que las reformas fueran puestas a punto, lo que queda claro es que no todos los cálculos fueron bien hechos. Y que gracias a ello, los retos son mayores y las posibilidades menores.
El secretario de Hacienda, Luis Videgaray planteó desde siempre, un manejo absolutamente controlado del dinero. Se quería, en un principio, un déficit cero, lo cual por supuesto, no se alcanzó. Y la prueba del aumento bastante serio, de la deuda interna y externa, basta para comprobarlo.
Uno de los puntos que poco se han tocado, pero que ahí está, es la distancia, creciente, que existe entre el propio titular de Hacienda, y Agustín Carstens, gobernador del Banco de México.
La diferencia de opiniones y por supuesto, de objetivos, quedó reflejada con el manejo del problema de la devaluación. El Banco de México se mantuvo todo lo que pudo, alejado del tema. Y cunado intervino no lo hizo para remediar el problema, sino para administrarlo, ante la pérdida de
márgenes de movilidad de Hacienda.
Sin embargo, uno de los factores mas serio en todo esto es la propia estrategia de la Secretaría de Hacienda.
Fue el equipo de Luis Videgaray el que apareció ante la sociedad para anunciar los recortes, sin entender el efecto político que ello tendría. No sólo anunció el recorte ya aplicado al presupuesto de este año, sino que dejó ver que se tendrá que aplicar una reingeniería a los presupuestos de los dos años por venir.
Lo curioso es que en el presupuesto para este año, siempre se encontró un “flotante” de dinero que, con buen tiempo, se aplicaría en el sector que se quisiera y que, con mal tiempo, podría simplemente recortarse para aliviar la presión.
Esto fue lo que se realizó. Pero ¿si Hacienda esperaba una tormenta, debido a qué habló de recortes? ¿Si se tenía el colchón para enfrentar el reto, para que presentarlo así?
Hacienda perdió con la reforma hacendaria, la oportunidad de realmente mejorar muchas cosas. Ante la posibilidad de resolver de una buena vez el problema del IVA y su insuficiente efecto en las finanzas, dejó de lado la idea de una generalización del impuesto, para contar con los votos de la izquierda, frente al rechazo del PAN, se fue en contra de las negociaciones con el sector privado.
Ello paralizó buena parte de la economía y además, provocó que el sector privado se distanciara del gobierno. Y hoy, la izquierda cuestiona todo lo hecho y habla de los problemas de la economía.
Pero eso no es todo.
Videgaray habló ya de los problemas para el 2016 y el 2017. Esto es, la bonanza prometida por las reformas no llegará sino hasta el 2018, que no es lo que se prometió. Y Estados Unidos está a punto de subir sus tasas de interés, lo que tendría obviamente, un efecto negativo en México por aquello, entre otras cosas, de la fuga de capitales.
Ahora, tenemos una devaluación que se niega, una parálisis que no se quiere entender, un desempleo creciente con la tensión social que ello implica y un discurso que no resuelve la incertidumbre existente.
El clima financiero no es de colapso, se dice. No es como la crisis del 2009. Pero la realidad nos dice que, se quiera o no, los problemas para la sociedad están ahí y crecen todos los días. Y los anuncios de la Secretaría de Hacienda no ayudan a calmar la desconfianza.


