norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Las malas noticias no parecen tener fin. El optimismo con el que se inició el gobierno federal actual y los anuncios con los grandes proyectos y conquistas que nos esperaban como país no sólo se han archivado, sino que parecen haber sido abandonados irremediablemente para, a querer o no, entrar de lleno en una nueva versión del realismo económico.

El la etapa del arribo y consolidación en el poder del grupo que se conoció como de “tecnócratas”, con Miguel de la Madrid como cabeza y Carlos Salinas como gran operador, se dio forma a una estrategia económica que, sin mayor contenido, lo que significaba no era más que el fin del sector social del gobierno.

Así, se impuso el “realismo económico” que fue la plataforma discursiva sobre la que instaló la aplicación de un programa que costaría el incremento de la pobreza, la modificación de los aspectos legales dedicados al respaldo de los mas desprotegidos, y el fin de buena parte de las conquistas de los trabajadores.

A cambio, se dijo, el país recuperaría las tasas de crecimiento y entraría de lleno a la etapa del desarrollo que no se había conquistado en el pasado.

Nada de lo prometido se alcanzó. Se modificaron las estructuras económicas. El país entró al terreno de la competencia. Se aceptó el Ingreso al GATT como primer paso para lo que más adelante sería el encadenamiento de la nuestra economía al bloque norteamericano vía el Tratado de Libre Comercio.

Se lograron cambios. Pero se elevó el índice de la pobreza. Y la corrupción simplemente se disparó.

Ahora, el actual gobierno se inició con el impactante anuncio del Pacto por México. Se dieron los primeros pasos para las reformas estructurales que, se prometió, le darían al país el impulso

necesario para colocarnos al parejo de las grandes potencias económicas. El futuro lleno de bonanza, se encontraba al alcance de la mano. Con las reformas, la República tendría cuatro puntos extras en el PIB. Empleo, seguridad y bienestar aparecieron en el horizonte y apenas como el inicio de la nueva gran etapa.

Nunca se habló el entorno externo. Nunca se habló de riesgos. Nadie dijo nada sobre cambios imprevistos en los precios de los recursos naturales. No había más que esperar para gozar de la prosperidad. Otra vez, con otras palabras, la promesa sobre la administración de la abundancia.

Pero las cosas salieron mal. Nada de lo prometido se logró. Las malas noticias se sucedieron una tras otra.

Problemas de conflictos de interés en la cúpula del poder político. Desaparecidos en Iguala. Asesinados en Tlatlaya. Desbordamiento de la inseguridad y el fracaso estrepitoso de la estrategia de combate a la delincuencia organizada. Asesinatos en Apatzingan. Y enojo del gobierno reflejado en el “ya se que no aplauden”.

Y para culminar el listado de esas malas noticias, el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, apareció en el escenario para consolidar el optimismo.

La crisis que enfrentamos tenía tres soportes: la caída abrupta y permanente del precio del petróleo, el inminente aumento en las tasas de interés en los Estados Unidos que provocará un fortalecimiento del dólar y un golpe al peso, y un bajo entorno de crecimiento global.

Ante ese marco, del cual nadie habló nunca cuando las promesas se lanzaron al aire, el presupuesto se recortó este año en 124 mil millones de pesos. El próximo año el recorte será de 135 mil millones de pesos. Y los recortes se mantendrán varios años. Si se toma en cuenta que estamos en el tercer año del gobierno y se esperan recortes más allá del 2016, lo que tenemos en la mano es la desaparición de todos los grandes proyectos para quedarnos sólo, con las medidas de contención del problema.

Y las las malas noticias aumentan cuando el señor Luis Videgaray le pide a la sociedad ajustarse a una nueva realidad, ya que no enfrentamos una situación transitoria, “sino algo de características permanentes”, lo que obliga a “reducir gastos”.

Dicho de otra manera, el mismo ciclo de otros años. Con diferentes discursos, pero con resultados parecidos.

Falta sólo, saber qué tanto impactará la crisis. Y no falta mucho para que todo quede claro. Después de las elecciones, sólo habrá que hacer sumas y restas. Más restas que sumas.