norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Algo en las relaciones México-Estados Unidos parece no caminar de manera adecuada. Los presidentes Peña Nieto y Obama intercambian elogios y sonrisas en todos sus encuentro. Pero en la práctica, los gobiernos de ambos países parecen encontrarse en terrenos muy diferentes y lejanos uno de otro.

El subsecretario de Estado Para Asuntos de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo estadounidense, Tom Malinowski, realizó una breve visita a México hace unos días. Y como despedida habló de los problemas en nuestro país. Y no fue nada suave en sus comentarios.

El funcionario estadounidense dijo que México, después de los casos Iguala y Tlatlaya “se encuentra bajo fuerte escrutinio de la comunidad internacional”. Y por si quedaban dudas de lo que se quería decir, se refirió a las elecciones de junio próximo y señaló su confianza en que ese proceso “traiga de alguna manera, efectos positivos para acabar con la tradición de la impunidad”.

Por supuesto, de acuerdo a los protocolos, el visitante también habló del gobierno y elogió su deseo de resolver los problemas y de tomar medidas para ello. Pero la crítica ya había sido expuesta. Y con toda claridad.

Así las cosas, se tienen que tomar en cuenta muchas cosas. Todas a la vista. Pero ninguna como la última decisión mexicana.

Todo mundo recuerda como los gobiernos de Acción Nacional aceptaron, casi sin chistar, las “sugerencias” llegadas de Washington prácticamente en todos los terrenos. Y como, a la llegada del “nuevo PRI”, esa situación se modificó para ubicarse caso en el extremo contrario, lo que por obvias razones provocó molestia en la Casa Blanca.

México entendió que en el mundo las cosas habían cambiado. Pero es posible que se haya equivocado en la profundidad del cambio.

Es por ello que en el acercamiento de Washington con La Habana, México haya quedado no sólo fuera de las negociaciones, sino que intencionalmente fue marginado. No había respeto por el gobierno mexicano de parte de Estados Unidos, ni deseos de corresponder a largos años de respaldo de parte del gobierno cubano.

Este mensaje no se comprendió del todo en México. Y si se hizo, no se midió adecuadamente la respuesta.

México retiró a su embajador en Washington para convertirlo en ministro de la Suprema Corte, en un movimiento duramente cuestionado en nuestro país.

Pero en la práctica, lo que parece haber hecho México es dejar “vacante” por algún tiempo, la representación ante la Casa Blanca.

En estos momentos no sólo no hay embajador ante los Estados Unidos, sino que ni siquiera se tiene un nombre sometido a los procesos del protocolo para la aceptación. Dicho de otra manera, México le dice a Estados Unidos que la relación no es necesariamente, algo que tengamos que resolver de manera expedita.

El Congreso mexicano cierra sesiones la próxima semana. No hay candidato a la embajada. Por supuesto, la Comisión Permanente que entrará en funciones inmediatamente que se declare el fin del período ordinario de sesiones del Congreso, puede aprobar en cualquier momento, el nombramiento de un embajador. Pero ello sería llevar el tema a un nivel secundario. Esto es, se diría a EU que no se tiene la prisa ni la importancia que supuestamente la relación con el vecino al norte, tiene para México.

Ante los hechos, todo señala a que la relación con los Estados Unidos no se encuentra en su mejor momento. Y lo que es más importante, que podría permanecer en ese nivel durante un buen tiempo más.

Por ello, el mensaje de Malinowski tiene que verse con cuidado.

¿Es intervencionista? Sin duda. Pero ese no es el punto. El problema es que parece ser una señal de advertencia. Y habría que ver qué es lo que se ha puesto en juego en esta relación.