norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

La nueva realidad a la que tendríamos que ajustarnos ha llegado. Los anuncios sobre la reducción en las expectativas del crecimiento no permiten mayor optimismo, por más que la Secretaría de Hacienda nos diga que nos encontramos mejor que todos los demás. Promesas y objetivos han cambiado o simplemente desparecido. El sexenio, quiérase o no, tendrá cuatro años de crecimiento mediocre. Y ello nos costará a todos, en todos los terrenos.

Al momento en que se aplicó la medida del recorte en el presupuesto para este año, se nos dijo, como parte de las medidas de prevención que el gobierno asumía, que habría reducciones por varios años. Había llegado la necesidad de “ajustarse a una nueva realidad”. Realidad que, por cierto, jamás avizoraron en el gobierno.

Para remarcar el problema, las autoridades nos hicieron ver que “no estamos ante una situación transitoria, sino a una de características permanentes”. La tormenta estaba a la vista. Y para hacerle frente se recortaba el presupuesto en 124 mil millones para este año. Y se anunciaba que para el próximo, serían 135 mil millones. Pero se aclaró, todo está bien. La economía nacional, marcha.

Ahora, le toca el crecimiento. Primero fueron los externos. Desde las oficinas de los especialistas foráneos se avisó que el optimismo mexicano no tenía bases suficiente como para mantenerse. Después, tocó el turno al FMI que nos dejó caer el mazo sin misericordia. El futuro de México está en una mayor deuda. Más adelante llegó la sentencia final: Estados Unidos había “logrado” un crecimiento en el primer trimestre de esta año de un ridículo .2%. Y abril no mostró señales de mejoría. El vecino al norte había perdido ya su primer semestre, lo que nos dejaba fuera de todas las posibilidades reales de mejoría. Había que aceptar la caída.

Para dar la noticia, el Banco de México apareció en la escena. Y contundente, dijo que se ajustaba la expectativa de crecimiento para el PIB. Adiós a los avances serios. Nos quedaríamos en

un margen de entre un poco más del 2% a un poco más del 3%. Pero pocos le apuestan al lado positivo. Y hay quienes esperan que todo sea igual a los dos primeros años de gobierno. Esto es, poco menos del 2%.

No se puede dejar de lado el hecho de que, para dar la mala noticia, el gobierno quiso que se creyera que estamos bien. Y puede ser que se tengan elementos para no hablar de crisis, pero no es lógico esperar que se crea que no cumplimos las promesas, sin tener problemas. La caída de expectativas del PIB significa menos inversiones, menos empleo, menos muchas cosas. Y esas nunca serán buenas noticias.

Podemos ser una economía con mejores posibilidades que muchas más. La realidad es que no tenemos suficiente. Y ello no es alentador. Y menos cuando se anuncia que el año próximo las cosas no mejorarán, lo que nos lleva a entender que los primeros 4 años de este gobierno no darán resultados de acuerdo a lo prometido en campaña-

Para justificar el no llegar a las metas prometidas, se habla del entorno internacional, de las luchas de las monedas y de la caída en el precio del petróleo.

Pero ¿cuándo tomaron en cuenta el entorno internacional? ¿No sabían lo que sucedía en el mundo? ¿No las señales llegaban de todas partes? Del mismo modo, ¿cuando vieron los problemas del peso? ¿No la devaluación del peso formó parte de esa problemática? ¿Devaluaron y aún así esperaban otros resultados?

Finalmente, ante la caída del precio del petróleo, las preguntas pueden ser más simples, pero también más contundentes: ¿No se realizó una reforma fiscal con la promesa de que con ella se despetrolizaba la economía? ¿Con la reforma en la mano y con mayores ingresos para el gobierno, qué es lo que nos lleva a tener al precio del petróleo como factor de la caída en la economía?

La realidad es que en Hacienda los cálculos se hacen cada año, con los objetivos del gobierno por sobre todo lo demás. Así, se calculan precios e ingresos, por ejemplo, con la idea de las cantidades que se quieren manejar y no de acuerdo con la realidad existente. Se mueven expectativas, para alentar la tranquilidad social, con la esperanza de que las cosas al final del camino, no sean tan graves.

El problema sin embargo es muy simple. La “nueva realidad” a la que los mexicanos tienen que ajustarse se suma a un buen número de años en los que las promesas no se han cumplido.

Y ello, sumado a la creciente violencia en todo el país, crea una receta perfecta para una problemática mayor. Algo que en el gobierno parecen no haber entendido. Y algo que por supuesto, no se resolverá con nuevas promesas y falsos optimismos.