norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

la debilidad del gobierno de Enrique Peña Nieto es obvia. La traición a la reforma educativa que pone a la vista la fragilidad oficial es la señal más clara del problema que se vive en el país. Pero ¿cómo es que esa debilidad se aceptó?

El arranque del gobierno peñista fue impresionante. Todo o que intentaban, se lograba. Alcanzaron el Pacto por México y tal vez ahí se inició la caída. Nadie entendió que un acuerdo cupular como el PM no podía contar con la legitimidad requerida sin antes alcanzar el respaldo popular.

Pero todos los involucrados se mostraron felices. Se pelearon la paternidad de la idea, sin comprender que todo, con las reformas incluidas, tenía una base de engaño a la sociedad.

De esta manera, una vez que la primera parte de las reformas quedó integrada, todos buscaron la mejor posición para la siguiente batalla. Y al momento de hacer las cuentas, el gobierno federal tenía enormes facturas que pagar.

Al mismo tiempo, los aliados retornaron a la sospecha sobre los interlocutores. Y la situación económica no mejoraba. Y la violencia mantenía los mismos números de víctimas registradas durante la pasada administración.

La promesa de “sabemos como hacerlo”, quedaba en el olvido. La mejoría “instantánea” se evaporó en la nada. La caída de la popularidad había iniciado. Y resultaría el rival más serio del nuevo gobierno.

Se llegaron los casos de la Casa Blanca y de Ayotzinapa. La credibilidad y honestidad del presidente de la República quedaron en duda. Y la eficacia del gobierno también. La liga de la delincuencia organizada o no, con las autoridades y los políticos fue ya, innegable.

A partir de ese momento, el gobierno perdió el rumbo. Un poco antes había cometido uno de los

errores más importantes de su gestión, al mentir sobre los hechos de Tlatlaya con la idea de proteger la imagen del ejército.

Ni logró proteger nada y sí en cambio acreditó su capacidad para mentir. Y la voluntad para hacerlo en cualquier circunstancia.

El resto es fácil de recordar. Iguala pasó a ser el sello de la incapacidad y los conflictos de interés la marca de los integrantes del gobierno. La credibilidad simplemente se desmoronó.

Al momento de las reformas, el gobierno prometió que la fiscal nos daría ½ punto más en el PIB, la laboral ¼ de punto, la financiera ¾ de punto y la energética un punto, con lo que el crecimiento sería ya, imparable.

En este marco, la reforma educativa se convertía en la joya de la corona. No sólo tendría su parte en el impulso al PIB, sino que sería el eje del futuro sobre el cual México construiría su destino.

Ahora, con la debilidad a flor de piel, el gobierno abandona como lastre político, la reforma más importante. Y recibe presiones para modificar procesos en la energética. Y la fiscal es blanco de todos los que entienden que pueden obtener beneficios políticos con sus críticas.

El gobierno mostró debilidad política. Cedió ante grupos de presión. Dejó ver que no tiene el respaldo ciudadano como para tomar medidas de poder, o bien que sus intereses políticos merecen negociar el futuro del país.

Al borde de las elecciones, el gobierno aparece débil y sin capacidad para hacer frente a los retos nacionales. Se muestra capaz de negociar el futuro de los infantes. Cede ante grupos a los que calificó de enemigos del pueblo y no es capaz de presentar argumento alguno para explicar las cosas.

El gobierno se esconde ante el problema. Y entonces lo que hace es elevar el grado de desconfianza. Justo lo que no se requiere para sacar adelante un proceso electoral que sin propuestas serias de parte de los contendientes, lo que ha mostrado es la ambición de poder.

Esa ambición que ya arrinconó al gobierno federal.