norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Uno de los proyectos que se contemplaron como parte del resultado de las elecciones fue el de llevar a la Cámara de Diputados, la estructura que dio vida, desde los partidos, al Pacto por México. Desde el Congreso, con los acuerdos a la mano y sin mayores trabas, la segunda parte del sexenio sería el paraíso político.

Pero las cosas no resultaron como se habían planeado. Y además de la poca representatividad que los partidos que firmaron el Pacto alcanzaron, quedaba por resolver el difícil trámite de la pérdida en lo que a liderazgos se refiere.

Por supuesto, el caso del PRD es el más claro de todos. Y aún cuando los líderes del partido no se encontraban en la lista de candidatos, para nadie era un secreto que el perredismo marchaba a San Lázaro con la idea clara y evidente, de que Jesús Ortega diría que sí y que no.

Ahora, con la catástrofe en las manos y cuestionado en todos los niveles sobre la verdadera representatividad de la izquierda, el PRD no es un aliado, sino un pesado lastre para los priístas. Pueden aportar votos en la Cámara, pero a cambio de brutales costos políticos. La izquierda mexicana, o lo que queda de ella, tiene ya nuevos referentes. Y todos muy lejos de lo que el perredismo puede representar. El gobierno y el PRI poco pueden recibir de importancia desde el partido del sol azteca.

Y si el pleito interno que se avizora se consuma, es evidente que la derrota en las urnas puede convertirse en una muy penosa extinción del partido negro amarillo. La confrontación abierta con Miguel Angel Mancera puede ser para todos los involucrados, una verdadera aniquilación política.

Por su parte, el PAN no tiene mucho que ofrecer. Gustavo Madero consolidó su imagen como un dirigente partidista perdedor. Su naturaleza política más ligada al rencor y a la desconfianza, no le ayudo a entender la necesidad de encabezar una verdadera oposición.

Prefirió vía el Pacto, sumarse a los proyectos del gobierno federal. Creyó, lleno de ingenuidad, que podría cosechar parte de los triunfos que llegaran y, al mismo tiempo, tener la opción para lanzar

críticas en el momento adecuado.

Pero nada de eso sucedió. Ni obtuvo parte de la cosecha de avances, ni fue capaz de lanzar una oferta electoral atractiva. Y de las críticas ni se acordó. Se había entregado a los brazos del Pacto y el fracaso fue total.

Ahora, enfrentará una batalla por la legitimidad de su gestión. Y perderá pase lo que pase. Ha quedado atrapado por el calderonismo y podría ser el eje de una gran fractura en el panismo.

El fenómeno no es algo nuevo en el PAN. Ya se vivió en diversas etapas en el pasado blanquiazul. Pero esta vez si se registra el hecho, la ruptura sería de muy serias consecuencias. Madero tendrá que elegir entre una candidatura presidencial destinada no sólo al fracaso, sino al ridículo, y la reconstrucción negociada de su partido.

Madero podrá, gracias al control que tiene sobre la estructura partidista, mantener el control del partido y poner a un incondicional como Ricardo Anaya al frente. Podrá ser electo líder de los nuevos diputados del PAN. Y podría llegar a ser designado candidato presidencial. Lo que no podrá será mantener al partido unido. Y mucho menos, ser un abanderado con posibilidades reales de triunfo.

La batalla política en el PAN tiene ya sus primeros efectos. Y uno de ellos es el fracaso de la muy torpe ambición política de Gustavo Madero que, con el ejemplo priísta en las manos, quiso imponer su voluntad en su partido.

Por lo que se refiere al PRI, César Camacho tendrá que entender que, discursos aparte, su fracaso es mucho más serio de lo que se quiere reconocer.

El PRI perdió votos. Y ha quedado sujeto a los apoyos que le brinde un partido que como el Verde, ha quedado cimentado en la corrupción ideológica y la violación de la ley.

Camacho no puede hablar de mayorías. Tiene que negociarlas con otros partidos. El Verde en primer lugar. Y además, tendrá que soportar la presión de las derrotas en Querétaro, Nuevo León y aunque parezca una broma, en Sonora, entidad en la que abandonó a la triunfadora Claudia Pavlovich.

Camacho es un perdedor. Pero lo peor es que no es capaz de aceptarlo. Sus resultados en el PRI son pobres. Y avisos sobre lo que puede suceder en el futuro.

Así, con los partidos firmantes del Pacto, muchos querían revivir el clima. Pero ahora, lo que tienen en las manos es un manojo de perdedores. Y además, la presencia de una fuerza de izquierda que, guste o no, tiene la oportunidad para marcar la ruta en muchos casos.

Quienes dirigieron a los partidos mayoritarios tienen mucho que explicar. Poco tiempo para hacerlo y poca oportunidad de que sus razones sean aceptadas.