En México, todos pueden
Miguel A. Rocha Valencia
Con tantos destapes la política parece table dance, donde los espectadores no se asombran por la calidad del espectáculo sino por la cachaza o cinismo de quienes hasta hoy, sin ningún merecimiento dicen que desean ser Presidente de la República como si se tratara de una chamba que cualquiera puede hacer.
Ese es el problema, abaratan la mercancía y con ello las expectativas de un país donde ya se olvidó aquello de “los mejores hombres” o mujeres, pero sujetos con talla, estatura profesional que no se cuelguen de coyunturas para alcanzar el poder para luego no saber qué hacer con él y dañar a todo el país, como ocurrió con el hijo predilecto de Guanajuato.
De hecho las recientes administraciones han dado cuenta de ello y si no fuera por personajes realmente brillantes como Agustín Carstens, con todo y su sello de Chicago Boy, México estaría hundido por la inexperiencia, falta de conocimiento o de plano incapacidad para gobernar más allá del domicilio conyugal que luego tampoco alcanzan a controlar.
Sin ningún asomo de vergüenza y con su ocho por ciento de electores, Andrés Manuel López Obrador no se cansa de tener la mano alzada queriendo emular las glorias del extinto Hugo Chávez o su heredero Nicolás Maduro, quienes posiblemente llegaron legítimamente al poder, pero sólo para desgobernar un país que enfrenta niveles de miseria históricos.
López Obrador insiste en vivir de la ubre presupuestal, de ello hizo profesión y nos saldría más abarato asignarle pensión vitalicia como presidente que dejarlo seguir medrando con la política donde ha hecho más daño que bien, simplemente por su impreparación e incapacidad.
Para colmo y como si fuera un contrapeso, salta el jefe de gobierno del DF a quien ya disculparon por hacer actos anticipados de campaña para decir que Miguel Angel Mancera Espinosa tiene “tamaños” para gobernar un país.
Nada más lejos de la realidad, este personaje ya demostró que el principio de Peter es efectivo y a él ya le llegó, de buen abogado pasó a mediocre gobernador, sin presencia ni peso político. Si lo juntan a nivel federal, es por obligación y necesidad, pero no por su calidad, capacidad o conocimientos del quehacer público.
Y como en esto de la política ya no hay tamaños ni se necesita ser de los mejores, sino en todo caso oportunistas, salta la señora Margarita Zavala Gómez del Campo quien a sus 48 años y sin opción a ningún cargo público por merecimientos propios, lanza su ambición por delante. Olvidó muy pronto el galimatías que dejó su esposo apenas pocos años atrás.
Diputada, abogada por la Libre de Derecho, carece de los conocimientos indispensables para gobernar, incluyendo los amarres y la preparación política.
Pero como México se ha vuelto el país de las “oportunidades” donde hasta iletrados pueden llegar a cargos de elección gracias a su popularidad, pues, todo es posible. Si no, que le pregunten al Cuauh o a la Corcholata.

