El presidente de la República parece decidido a desempeñar más el papel de un cruzado moderno, que el de un verdadero jefe de estado. Y al hacerlo, deja de lado el cimiento de sus promesas de campaña y sus compromisos para alcanzar “un estado eficaz”.
En la parte final del no tan lejano 2011, Enrique Peña Nieto lanzó su libro “México, la Gran Esperanza. Un estado eficaz para una democracia de resultados”, como parte de su campaña en pos de la Presidencia de la República.
En ese libro, Peña Nieto, como aspirante, tenía planes para acabar con la violencia, para mejorar la economía, y para que todos los mexicanos lograran el disfrute de los derechos plasmados en la Constitución y además, para que México recuperara su liderazgo internacional.
Curiosamente, el tema de la corrupción no tenía grandes espacios ni atenciones especiales en esa obra. Había eso sí, cuestionamientos directos a los doce años de gobiernos panistas y sus muy escasos logros.
Lo anterior nos lleva a preguntar sobre las razones del presidente para darle a su lucha contra la corrupción una tonalidad tan singular. La ha convertido en una contienda que tiene más de discursiva que de realidad.
El presidente Peña se ha convertido en un cruzado auténtico. Importan más las palabras que los hechos. Y en espacios de tiempo bastante cortos, ha pasado de lo “natural” que es la corrupción, a la condición humana de ese fenómeno, el cual por supuesto, está decidido a “domar”.
La terminología empleada no se ajusta a los hechos. Si la conseja popular dice que el “movimiento se demuestra andando”, el combate a la corrupción tendría que acreditarse con la simple, pero contundente, aplicación de la ley.
Y eso es lo que le ha faltado al gobierno. La aplicación de la ley que inicia en el respeto a los compromisos que se asumen al tomar el poder.
La cruzada en base a discursos llama la atención, pero no por el supuesto mensaje, sino por lo rebuscado de los términos empleados. “Domar la condición humana” no parece ser lo adecuado. En todo caso, y para poder ser entendido a cabalidad, lo que tendría que hacer el titular del Ejecutivo es dar a conocer lo que él entiende por “condición humana”.
Los cruzados querían imponer su fe y utilizar a fuerza para ello fue apenas lógico. Pero no tenía nada que ver con hechos absolutos. Y el fracaso aún tiene consecuencias.
El querer imponer un discurso parece más un intento por desviar la atención del problema de fondo que el deseo por realmente combatir a la corrupción.
El gobierno enfrente serios cuestionamientos sobre conflictos de interés. Hay licitaciones que han quedado totalmente en entredicho. Hay cambios en concesiones que han resultado en verdaderos atentados contra el ciudadano, como en el caso de las casetas en las carreteras, y no se ha hecho nada
para sancionar si fuera necesarios a los responsables. Y de explicaciones a la ciudadanía, mejor ni hablamos.
El proyecto de nación que presentó Peña Nieto como político con aspiraciones de llegar al poder, tenía como meta la conquista de un “estado eficaz”.
Y todo mundo sabe que un estado eficaz se construye con el respeto a la ley. Y que ese respeto tiene como parte fundamental, la aplicación de la ley. A todos.
El problema entonces es que la cruzada que quiere construir el presidente Peña se fractura inmediatamente. De un lado queda el discurso que no dice nada. Al menos nada de lo que se supondría se quiso decir. Y por el otro aparece el hecho de que los supuestos objetivos no tienen respaldo en los hechos. Y finalmente, aparece la problemática que se deriva de que el gran compromiso que tenía la eficacia, se esfuma con demasiada rapidez, ya que la eficacia no aparece por ningún lado.
Tal vez el mensaje mejoraría si se hablara un poco menos y se actuara un poco más.
No dejaría de ser interesante si en vez de discursos con términos que solo confunden, el gobierno aplicara la ley. Pero no como venganza, sino como respeto a la sociedad. Tal vez sería mucho más efectivo que todos entendieran que la ley está para cumplirse, y no sólo para crear organismos o entregar nombramientos que a final de cuentas, a nada conducen como no sea a la incredulidad ciudadana.
El presidente no puede intentar una cruzada moral, sin antes tener claro el objetivo que se busca. A no claro está, que lo que se quiera sea sólo jugar a las apariencias.


