norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

La Secretaría de Hacienda decidió poner en marcha resolución que modifica otra resolución para aplicar el IVA a los alimentos que se venden en las llamadas tiendas de conveniencia. Y con ello, parece haber dado un paso más en el sentido de advertir a la ciudadanía lo cerca que nos encontramos de un nuevo capítulo en la ya muy conocida serie de crisis económicas.

El equipo de Hacienda intentó explicar la medida con un rechazo primero, a la idea de que se trataba de nuevos impuestos. Y después, con el argumento de que se aplicaba lo existente, con la diferencia de que ahora sí se haría cumplir el ordenamiento legal.

Los minisupers, , tiendas de conveniencia, de autoservicio y en general todos los establecimientos que expenden alimentos preparados, la mayor parte de los cuales es consumida por la población con menor ingreso.

Hasta aquí las cosas podrían no parecer más que aquello que Hacienda quiere que se crea. Pero si se pone atención a los dichos de la Secretaría, se podrían encontrar algunos detalles que por lo menos, despiertan suspicacias.

Por ejemplo, si se atiende el argumento de que no hay nuevos impuestos, se tiene que entender que en seis meses, por lo menos, la dependencia fue incapaz de aplicar la ley. Y en este punto, tendríamos que saber cuáles fueron las razones para ello.

Dicho de otro modo. La Secretaría no cuidó que las mencionadas tiendas y establecimientos aplicaran l impuesto que hoy se ha decidido llevar a sus últimas consecuencias. Y se reconoce el problema, pero no se sanciona a nadie. No a quienes tendrían bajo su responsabilidad que ese impuesto se aplicar, y no a quienes como comerciantes tendría que haberlo aplicado.

Si no se trata de un impuesto nuevo, la situación no es para nada complicada. Hay, o tendría que haber, una larga serie de elementos para probar los dichos oficiales. Y hasta el momento, nada se ha explicado a cabalidad. Se aplica una decisión y con ello es suficiente.

El problema para Hacienda sin embargo, es mucho más complicado.

Todos recordamos por ejemplo, que se aplicó un impuesto ecológico a las gasolinas. Pero nunca se ha explicado qué es lo que se hace con ese dinero. Esto es, pagamos un impuesto con un objetivo que no es otro que el de mejorar el ambiente. Y no sabemos nada Y menos aún tenemos a la vista, lo que ese dinero ha logrado en beneficio de la sociedad.

En estos momentos, especialmente en las grandes ciudades, se vive el creciente problema de la contaminación que en buena medida deriva del uso de los automotores y de las gasolinas que se consumen en el país.

El Distrito Federal enfrenta ya, con preocupante regularidad, alertas por la mala calidad del aire. Así, vendría bien una explicación sobre el destino y logros del impuesto ecológico a las gasolinas.

Del mismo modo, con gran aparato y discursos de todos los tamaños colores, se aplicó el famoso impuesto a la obesidad.

Se dijeron todo tipo de cosas y se lanzaron todo tipo de promesas. Se tenía que controlar el sobrepeso en el país, que además del daño personal, implicaba un pesado reto para las finanzas nacionales, por aquello de costo económico a la hora de combatir problemas de salud derivados de la obesidad.

¿Hay nuevos parques deportivos? ¿Nuevos lugares donde practicar algún deporte? ¿Tenemos nuevas albercas? ¿Pistas? ¿Hay además de los discursos pasados, nuevos programas y proyectos para desarrollar actividades deportivas? ¿Las calles se mantienen como improvisadas canchas para que los jóvenes y niños practiquen el deporte que les gusta?

El aire es el mismo de siempre: malo. El deporte se queda sólo en los discursos y en los fracasos a la hora de la competencia real.

Pero los impuestos existen.

Y es lo mismo ahora. ¿Es posible creer que Hacienda puede dejar de cobrar por meses, un impuesto que además le dejaría millones?

Por supuesto, la afirmación de Hacienda tiene muchos huecos. Y si el impuesto a lo alimentos preparados no es nuevo, sí es un ataque a la economía familiar. Y sin ser nuevo, sí compromete todos los compromisos del gobierno que, en todos los tonos, se comprometió a no elevar o modificar impuestos en lo que resta del sexenio.

Y romper esa promesa, aun cuando sea con impuestos “viejos” lo que hace es crear temores. Temores sobre la posibilidad de que una nueva crisis económica sea más real de lo que se quiere reconocer y que a pesar de la firmeza de las finanzas, pueda ser más dañina de lo que se puede aceptar.