norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Poco a poco, pero con firmeza, hacia el interior del gobierno de Enrique Peña Nieto, la fuga de Joaquín Guzmán, el “chapo” se ha convertido en motivo de una feroz batalla política que tiene como meta final el apoderarse de la candidatura presidencial priísta para el 2018.

Poco a poco, pero con claridad, se han delimitado los dos grandes grupos en pugna. Los que buscan con gran desesperación, que la vida política de Miguel Angel Osorio Chong se mantenga a pesar de los evidentes errores en su gestión, y quienes pretenden que el tema que ha ridiculizado al país sea el punto final de su carrera y sus muchas ambiciones.

Sin embargo, con mucha mayor rapidez y firmeza, la realidad ha rebasado a ambas partes. Ni se requiere de la vehemencia en la defensa, ni hace falta que nadie empuje al señor Osorio para evidenciar lo sucedido.

La lucha por el poder que se libra en el seno del gobierno de Peña Nieto pone de manifiesto, sin duda alguna, la contradicción que existe entre el discurso oficial y la realidad.

Uno de los grandes compromisos del hoy presidente de la República en su lucha por acceder al poder, fue el del combate a la corrupción. Uno de sus primeros pasos, como presidente electo, fue promover cambios en la estructura oficial para “combatir” la corrupción. Hoy, a poco más de dos años y medio de llegar a Los Pinos, el combate a la corrupción se ha perdido. El gobierno fue simplemente, vencido por el fenómeno que en campaña, prometió acabar.

Pero si no basta con recordar promesas y discursos en contra de la corrupción, bastaría con observar la lucha interna en el gobierno para entender las razones por las cuales la corrupción se mantiene.

Luchar por el poder, por el poder mismo es cualquier cosa, menos un avance. Y eso es lo que hace el Secretario de Gobernación. Aferrado el cargo, quiere sobrevivir a la crisis no para dar resultados, que ya se vio no hará, sino para buscar la forma de convertir en realidad sus ambiciones de más poder. Y eso también es corrupción.

El más rápido análisis del trabajo realizado por la Secretaría de Gobernación a lo largo de la actual administración, arrojaría saldos muy pobres. Las fallas de inteligencia en Iguala que permitieron llegar al poder municipal a políticos ligados al crimen organizado, por ejemplo o los errores cometidos en el caso de los normalistas para no investigar al entonces gobernador Angel Aguirre, bastarían para poner en evidencia al señor Osorio.

Pero sin lugar a dudas, suficiente sería con ver su negativa a la autocrítica para entender el grado de irresponsabilidad existente en este personaje. No importa el ridículo internacional a que se ha sometido al país en lo general y al presidente en lo particular. Lo importante es encontrar responsables en cualquier parte, con tal de mantenerse dentro del gabinete y seguir con posibilidades para alcanzar la candidatura presidencial en el 2018.

Eludir responder a los hechos es corrupción. Pensar que se puede esquivar la responsabilidad de lo sucedido cesado cuadros de tercer nivel a fin de no tener que hacer frente al fracaso, es corrupción.

Es cierto, el que los rivales políticos quieran sacar ventaja política de la fuga del “chapo”, olvidando que son parte del mismo gobierno, también es corrupción.

Y esa es la realidad del actual gobierno. Sus dichos y promesas sobre el combate a la corrupción no van más allá del evento en que son hechos. Sus propios integrantes dejan ver que lo importante para ellos se encuentra en el terreno de lo personal.

Los defensores del Secretario de Gobernación pueden presentar todo los argumentos que quieran. Y pueden restar calidad moral a los críticos de Osorio Chong. La verdad será siempre, aquella que dice que el responsable de todo lo sucedido es el propio Osorio Chong

El combate a la corrupción en el campo de la seguridad no sólo no se combatió, sino que ni siquiera se entendió su presencia. El ataque a la ineficiencia, indispensable para alcanzar un “gobierno de resultados” nunca se inició. Y hoy simplemente se pagan las consecuencias.

La corrupción no es sólo una cuestión de dinero. Hay también corrupción política e ideológica.

Y el problema en estos momentos es que el gobierno federal está sometido a este problema en todas sus versiones.