Apenas se inició el sexenio, la administración de Enrique Peña Nieto quedó dividida en dos grandes bloques, cada uno con gran poder, y con amplias facultades de decisión. La apuesta política quedó en manos de Miguel Angel Osorio Chong, en tanto que Luis Videgaray quedaría en control de las acciones económicas.
Esa división condujo al país, a querer o no, a una lucha en la que lo que importaba se encontraba en el fracaso del grupo “de enfrente”, más que en el éxito de las medidas tomadas.
El éxito de la primera parte del gobierno fue prácticamente total. Alianzas con las oposición para marcar una agenda nacional y promesas de inversiones al por mayor una vez que las decisiones económicas se pusieran en marcha.
De esta manera, la agenda tenía más un contenido económico que político. Hasta que las cosas dejaron de ir bien. Los casos Tlatlaya y Ayotzinapa, sumado al escándalo de la Casa Blanca obligaron al gobierno a buscar un reacomodo de posiciones.
Y con los tiempos políticos para la renovación en la Cámara de Diputados a la vista, se privilegió la política. Pero sin poner los pies sobre la tierra.
En las pasadas elecciones el PRI perdió un número importante de votos en relación a los alcanzados en el 2012. Pero con sus alianzas, se supo que el gobierno tendría votos suficientes para mantener las cosas bajo control. Y el gobierno habló de victoria. Y con esa victoria aparente, se intentó el relanzamiento del gobierno.
Pero la realidad no permite que el gobierno logre sus objetivos. Por la simple y sencilla razón de que se quieren lograr a base de ilusiones.
El desprestigio del ejército llegó ya a niveles preocupantes. Y las respuestas adecuadas no existen. El peso se ha devaluado aceleradamente y no parece haber nada que remedie la situación. El gobierno por supuesto, habla de “deslizamientos”. El empleo no llega, el mercado interno está deprimido, la inseguridad es creciente a pesar de las cifras que presenta el gobierno. El “chapo” se fuga y las reformas estructurales no rinden los frutos prometidos. Y la ronda uno fue una clara demostración de que se apostó más de lo posible, a las reformas.
Lo que en el inicio fue la esperanza del avance, hoy es la realidad de los tropiezos.
La parte más seria de todo esto es que, se acepte o no, el diseño del gobierno no funcionó. Los indicadores dicen que en el terreno político las cosas no están nada bien. El gobierno tendrá en el Congreso votos para ganar, pero su aliado será el PVM, que es ya el partido de la trampa, la mentira y la corrupción.
Y en lo económico, tendrá que caminar hacia atrás para recomponer todo lo que la reforma financiera atoró y para dar cauce a todas las demás.
Pero ahora sus acciones van en contra del tiempo. Los millones y millones de dólares que se prometieron y que ayudarían a crear empleo y seguridad, no sólo no han llegado, sino que no se ve que puedan llegar al país en plazos cortos. Esto simplemente significa que las cosas no serán sencillas en los dos años por venir.
En lo político, el gobierno tiene sus alianzas y el control sobre los partidos de la oposición. Pero entró en el terreno de los independientes y consolidó el desprestigio de los políticos y sus partidos. Al mismo tiempo, se prefirió mostrar la fuerza del grupo en el poder, que dar vida a la fuerza de las instituciones y con ello se elevó la pérdida de credibilidad y confianza.
La caída en el precio del petróleo no es algo pasajero. El presupuesto cero para el año próximo terminará impactando negativamente al empleo. La inseguridad tenderá al crecimiento y la tensión social será algo latente.
El gobierno que todo lo tenía y todo lograba, acabó. Ahora es un gobierno sin credibilidad, que busca medidas espectaculares para intentar rescatar su imagen, sin entender que la caída del peso y la fuga del “chapo” demostraron ya, se acepte o no, que el diseño de inicio del gobierno ha dejado de funcionar.
Y que por supuesto, la receta de los discursos no soluciona el desprestigio de las fuerzas armadas, no devuelve la seguridad a las calles, no da confianza en la economía y si en cambio, convierte al gobierno en blanco de todas las críticas y en responsable de todos los fracasos. Sean o no ciertas las acusaciones.


