norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Tal y como se anunció, fue una fiesta privada. Los invitados sabían que estaban ahí para aplaudir y para mostrar apoyo. Nada más. Poco importó si en realidad había algo que festejar. El PRI tenía que mostrar su apoyo a Enrique Peña Nieto. Y al mismo tiempo, tenía que fingir que reconoce a César Camacho como triunfador.

La reunión priista del sábado pasado dejó sin embargo, un mal sabor de boca. Fue un acto cerrado al que los verdaderos priistas no tuvieron acceso. Un acto de cúpulas, como los que tanto gustan al presidente de la República.

Aplausos y porras. Como en el estilo que se dijo ya no existe. Discursos que marcan línea, como en los tiempos del “viejo” PRI al que el “nuevo” PRI se parece tanto. Y claro está, un evento cargado de afirmaciones que la realidad se encarga paso a paso, de echar por tierra.

El presidente recibió el aplauso de sus compañeros de partido. Pero se olvidó de los mexicanos. No explicó nada a sus aliados, pero se olvidó que es la sociedad la que manda. Presumió una mayoría para la nueva Legislatura, pero olvidó que esa mayoría está cimentada en los votos del muy corrupto PVM.

Arropado por sus incondicionales, Enrique Peña Nieto habló de la sucesión. Y cuestionó a quienes ya se dedican a buscar el futuro. En el PRI, dijo, no son tiempos para eso. No hay espacio para proyectos personales. Es el momento para un proyecto de nación.

Pero, ¿cómo llegó el grupo que él encabeza al poder? ¿No fue con un proyecto personal? ¿No fue adelantando los tiempos de la sucesión? ¿Es que todo se vale cuando se es oposición? ¿Entonces como cuestionar a quienes ya inician el recorrido para el 2018?

El discurso del presidente fue para los priistas. Reunidos los liderazgos, el mensaje no tiene más traducción que un contundente “aquí mando yo” que además, busca controlar el evidente nerviosismo de quienes se sienten con posibilidades de alcanzar la candidatura presidencial priísta y ven con preocupación como en las trincheras de la oposición, el tema ya es motivo de debates abiertos.

El presiente habló de un proyecto de nación, pero no explicó en que consiste. Y si es el mismo con el que llegó al poder, no explicó las razones por las que no se han cumplido los grandes objetivos marcados por su campaña para alcanzar la candidatura primero y, después para conquistar el poder.

El presidente aceptó ser el objeto de la fiesta priista. Le gusta el apapacho político. Pero tiene que saber que todo lo del sábado fue un evento preparado.

César Camacho puede presumir lo que quiera. No es un líder triunfador. El PRI perdió muchos votos en la elección pasada en relación a la del 2012. Y perdió ciudadanos más que importantes que estaban en control del PRI. Y a ese “liderazgo” es al que felicita EPN.

Además, al aceptar el festejo, Peña Nieto le marca con toda claridad a los mexicanos la distancia que existe entre ellos y el grupo en el poder.

El discurso habla del país y de los ciudadanos. Pero sólo como forma, no como fondo. Por mas que la forma es fondo.

El presidente recibió aplausos y mucho calor político. Peor sólo como paliativo ante los problemas que no se resuelven: un crecimiento raquítico, desempleo, inseguridad, fracaso en las reformas especialmente la energética, el conflicto magisterial, los cuestionamientos al gobierno por sus excesos y una devaluación agobiante.

El PRI organizó una fiesta. Una fiesta para doblar la cerviz ante el presidente de la República. Poco se preguntaron si el ánimo en el país está como para realizar festejos de este tipo. Lo que querían era demostrar su “lealtad” al presidente, antes que a la sociedad o al país.

Organizaron un “gran evento”. Mostraron su unidad y su “fuerza”. Un festejo lleno de colorido, por más que no lograron alcanzar el impacto que hubieran deseado debido a la falta de originalidad y por supuesto, a la ausencia de ideas políticas novedosas.

El PRI celebró su fiesta. Celebró a su activo más importante que es el presidente de la República. Pero, como siempre, se olvidó de los mexicanos. Habló de un país al que ve como suyo y con el puede hacer lo que mejor le acomode.

Y los mexicanos vieron todo. Y escucharon todo. Saben que en las fiestas del PRI no tienen cabida. Y saben que los discursos no son confiables. Después de todo, han entendido que lo imperdonable ue puede resultar una fuga, es sólo una forma más de hacer discursos.

Saben que lo importante para el gobierno es el grupo. Lo demás se resuelve con discursos.