norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Oculta bajo el proceso de cambio de dirigencia en el PRI, la crisis interna que se vive en el seno del Partido de la Revolución Democrática alcanzará hoy un punto de quiebre y no tanto por la posibilidad de la caída de Carlos Navarrete, sino por las definiciones que sobre el futuro del partido del sol azteca puedan tomarse.

Para nadie es un secreto que la crisis perredista es resultado de la catástrofe política que para el partido amarillo significo el proceso electoral de junio pasado. No fue sólo no ganar, especialmente en el Distrito Federal, sino haber fracasado ante Andrés Manuel López Obrador y su Morena.

La derrota obliga al grupo en el poder dentro del PRD a enfrentar los reclamos. Y hoy es un día en el que el futuro puede asomar algo más que el rostro.

Jesús Ortega y su grupo pensaron que tenían al partido bajo su control y que lo tendrían por muchos años. Tomaron decisiones patrimonialistas y marginaron a los viejos cuadros que había dado vida al PRD.

Se enfrentaron con el respaldo oficial a López Obrador y poco a poco lo llevaron a la separación. Rechazaron a Cuauhtémoc Cárdenas cuando éste reclamó una decisiva rendición de cuentas y una clara redefinición del rumbo que debería seguir el perredismo.

Impusieron al extraordinariamente gris Carlos Navarrete y aceptaron trabajar de la mano del gobierno de Enrique Peña Nieto para presentarse ante la sociedad, como una izquierda responsable.

Marginaron grupos al interior y se apoderaron de las candidaturas. Chocaron con Miguel Angel Mancera y se consideraron como indispensables para el gobierno federal. Una victoria en el Distrito Federal los convertiría en amos y señores de la vida política en la capital del país. Mancera pasaría a ser prácticamente, un empleado suyo.

Pero las cosas no resultaron como las pensaron. Morena se apoderó de la mitad de las posiciones en la ciudad de México en una victoria que no se esperaba. Mancera se “independizó” del PRD y los grupos rivales iniciaron la venganza.

Ahora, habrá que rendir cuentas. Navarrete fue siempre un líder de papel, ya que todo lo decidía Jesús Ortega, pero ahora puede incluso desaparecer del escenario. Poder no tiene. Y aún si se queda hasta noviembre, no pasará de ser un adorno mal puesto en su partido.

El grupo de Ortega tiene el control de los órganos de decisión en el PRD. Puede imponer líder o dejar a Navarrete en el cargo. El problema es que la decisión que se toma tendrá un costo. Y un error como los cometidos a lo largo de la penosa era de los “Chuchos”, podría llevar al perredismo a la extinción como fuerza política.

En estos momentos, el PRD no vale nada para el gobierno. En el Congreso no se les requiere. Ni siquiera en el Senado tienen valor político alguno. Dentro de la izquierda están apestados. Y la sociedad los considera traidores.

Por ello, lo menos importante es si Carlos Navarrete se va o se queda. Lo importante es saber si hay o no posibilidades de salvación política para el partido. Y si esas posibilidades son aceptables para el grupo que ha detentado el poder y disfrutado de los privilegios de controlar al PRD.

Todo mundo sabe que el eje de las izquierdas, guste no, se encuentra en manos de AMLO. Y todo mundo sabe que el tabasqueño hará cualquier cosa, menos aceptar una negociación con los “Chuchos”. Todo mundo sabe que el PRD requiere pasar a ser una oposición real para con el gobierno. Y es claro que por muchos discursos que puedan pronunciar, los “Chuchos” no tienen ni la calidad moral ni el peso político necesario para esa tarea.

Así, la crisis en el seno del PRD es seria. Muy seria. Y el que Navarrete ofrezca su puesto para resolverla es poco menos que una mala juagada.

La división puede convertirse en una nueva fractura. Y si esta se registra, lo que quede del perredismo podría simplemente, desaparecer en las próximas elecciones federales.

Y lo peor es que nadie lamentaría el suceso. Y buena parte de los que hasta no hace mucho defendían a Ortega y su grupo, serían los primeros en ofrecer su lealtad a Morena. Tal y como hicieron para llegar a candidaturas y cargos desde las siglas del PRD. Tal y como Jesús Ortega y su grupo lo han hecho siempre.