Desde que inició su gobierno, Enrique Peña Nieto ha tenido serios problemas en el terreno de la comunicación. A pesar de su triunfo, la misma campaña había dejado ver la debilidad de su estrategia y la pequeñez de su equipo. La visita a la Iberoamericana y el fracaso en la Feria del Libro dejaron ver con claridad que no existía claridad en torno a la comunicación.
El inicio de gobierno fue igualmente contradictorio. Se registraron hechos, pero no explicaciones. Había anuncios, pero no profundidad. Se firmaba un Pacto, pero de corte cupular, en el que la sociedad nada tenía que hacer, como no fuera aplaudir.
Poco a poco, la incomunicación se convirtió en norma. Aparecieron los reproches y los señalamientos a los críticos. Pero nunca un cambio en la forma de hacer las cosas. Ni siquiera en la forma de analizarlas. La soberbia como el gran ingrediente. Cundo no el único.
Ahora, presionado en todos los frentes. Con las reformas puestas en el cajón de logros a futuro, con la crisis económica pateando la puerta y con la violencia elevando la tensión social, parece que se quiere intentar algo diferente.
Y ello tiene que ver con las llamadas redes sociales.
Así, se “filtra” una fotografía, para mostrar la total armonía matrimonial en la pareja presidencial. Y se intenta crear una imagen más social del presidente. Pero se mantiene la soberbia. Esa soberbia que supone que todos los que no forman parte del grupo en el poder, son tontos y manipulables.
Así, mientras el país debate la situación financiera y ve con nerviosismo la devaluación del peso y se preocupa por lo que puede significar la llegada del presupuesto cero para el año próximo, la presidencia de la República ocupa su valioso tiempo en explicar a la sociedad, que el presidente de la República no es capaz de ponerse unas calcetas deportivas “al revés”.
El hecho que en sí es una tontería, pone en evidencia un hecho simple: en Los Pinos no saben lo que es la comunicación y no son capaces de decidir qué es lo que deben hacer con la imagen del primer mandatario.
No se requiere de mucho para entender que si la propi Presidencia de la República dedica sus esfuerzos a explicar que el titular del Ejecutivo no es tonto, algo muy malo sucede en el centro del poder mismo.
El presidente ha perdido la batalla de la aceptación. No logra levantar en las encuestas. La sociedad y los llamados líderes le han perdido confianza. No lo apoyan. Y su incomunicación aumenta. La explicación de las famosas calcetas es en el mejor de los casos, un ridículo más.
En México se encuentran un grupo de expertos intencionales independientes que, como parte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos participan en la investigación sobre la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa.
A estos expertos, el gobierno se tomó cinco meses en negarles la posibilidad de entrevistar a los soldados del batallón destacado en Iguala, para conocer su versión de los hechos de hace ya un año. Los
hechos de Tlatlaya se quisieron ocultar. Nada se explica de la casa blanca o de la casa de Malinalco. Tanhuato se ha convertido en un mar de especulaciones. Las reformas y los miles de millones de dólares que llegarían al país una vez que fueran aprobadas permanecen fuera del escenario como no sea para mostrar las fallas en los cálculos oficiales.
La violencia sigue viento en popa. De la fuga del chapo nadie es responsable. De la inseguridad en las ciudades, tampoco.
Pero la estrategia de comunicación de Los Pinos por fin ya está totalmente clara: el presidente si es capaz de ponerse las calcetas deportivas como es debido.
El país puede estar tranquilo. Ya sabeos que todas las ocasiones en que el presidente participe en algún evento deportivo, lo hará “bien vestido”.
De lo demás, pues ya habrá tiempo para explicaciones. Cuando sea oportuno. Cuando la plaza no pida sangre. O cuando los expertos en comunicación de la casa presidencial consideren que la sociedad merece alguna explicación.
Explicaciones que, por el momento, no tienen razón de ser presentadas.


