La nueva realidad económica se ha impuesto de manera rotunda. Y el discurso oficial ha tenido que aceptar su fracaso y se apresta no sólo a retroceder, sino a buscar rutas que le permitan, por lo menos, rescatar algo de lo mucho que se ha perdido en la primera mitad del sexenio actual.
La debacle de los mercados petrolero y financiero tomaron a las autoridades mexicanas fuera de base. El optimismo no sólo no tenía bases firmes, sino que se había anclado en la esperanza del mercado petrolero. Nunca se entendió que, a querer o no, el crudo, al menos para nuestro país, había perdido no sólo poder económico, sino importancia política ante el mundo.
Esta situación nos llevó al peor de los mundos económicos posibles antes de una nueva crisis de gran magnitud: se había perdido soporte financiero. Y no se había logrado modificar la plataforma de desarrollo.
El gobierno de Enrique Peña Nieto, en aras de consolidar el Pacto por México, decidió no exhibir el desastre que heredaba del panismo en lo que a deuda externa se refiere. Aceptó el pasivo y ahora no puede lanzar culpas al pasado. La deuda es la bomba de tiempo que el gobierno tiene en las manos. El servicio de esa deuda consume dinero a manos llenas y arrincona a las finanzas nacionales.
Pero ese es apenas parte del problema.
La realidad económica dice que las cosas pueden ponerse más difíciles. La correduría Moody´s colocó a PEMEX en la puerta de las revisiones por su posible incapacidad para salir avante ante la situación económica que le significa la problemática petrolera del momento. Y para acreditar que el golpe es demasiado fuerte y tomó a las autoridades de la empresa totalmente desprevenidos, se lanzó toda una ofensiva mediática para intentar refutar a la citada correduría, a sabiendas de que los dichos de Petróleos Mexicanos se quedarán, en el mejor de los casos, en el territorio nacional. En lo externo, nada cambiará a postura de crítica.
Así, deuda y debilidad en PEMEX pasan a formar un solo frente de batalla, al que además, habrá que sumar la devaluación del peso y la llegada del presupuesto base cero.
No se requiere ser un experto para entender que ahora los proyectos del citado presupuesto han cambiado. Los recortes no son ya algo necesario, sino que se han convertido en algo urgente.
Es sencillo entender que si el petróleo no es más una fuente inagotable de divisas para el gobierno, no hay nada que pueda ocupar el sitio de proveedor de ese dinero. Esto es, el gasto se mantiene y las necesidades están a la vista. Lo que no se tendrá es la misma cantidad de dinero para resolverlas.
Así, habrá que aplicar el recorte mucho más allá de lo que originalmente se había pensado.
Con menos dinero en la mano, con un crecimiento mediocre, con un servicio de deuda agobiante, sin garantías suficientes como para hacer efectivos las ofertas de crédito que de aceptarse pueden resolver un problema, pero al mismo tiempo crear otro mayor, con PEMEX en el terreno de la debilidad
financiera y con la devaluación como resultado de todo ello, la nueva realidad económica deja ver que la forma en que se realizaron los cálculos y se planeó la estrategia financiera fueron totalmente fallidos.
En las últimas semanas el gobierno gastó unos siete mil millones de dólares en su intento por detener la caída del peso. El fracaso está a la vista. La amenaza de llegar a 20 pesos por cada billete verde se ha convertido en una posibilidad muy seria. Y el círculo de la crisis amenaza con atrapar a todo el gobierno en cualquier momento.
Si a todo lo anterior se añade el hecho de que el Banco de México y la Secretaria de Hacienda parecen caminar sobre rutas diferentes, el panorama se convierte en algo más que preocupante.
Agustín Carstens como gobernador del Banco de México, es mucho más que una piedra en el zapato para el equipo de Luis Videgaray en Hacienda. Pero esa batalla en nada ayuda a enfrentar el reto del desajuste financiero.
La nueva realidad económica ha expuesto la debilidad de nuestra economía y las fallas en la planeación del equipo financiero.
Ahora, con las promesas sobre crecimiento para convertir a México en una potencia media hechas añicos, lo que se busca es la puerta de salida a la crisis.
Salida que no cuenta con las divisas provenientes del petróleo, que carece de las inversiones prometidas y que no tiene los beneficios de unas reformas que tardarán algunos años antes de dar resultados.
La realidad venció al optimismo. Falta saber cuándo y de qué manera, el gobierno reconocerá la situación y cómo presentará el problema, sin lanzar las culpas al extranjero, sólo para no reconocer sus propios errores, que ni son pocos, ni carecen de importancia.


