En el juego de las contradicciones, al que ha resultado tan afecto el gobierno de Enrique Peña Nieto, habrá que colocar en un sitio preferente, el proceso de la sucesión presidencial.
Como se recordará, apenas librado el proceso electoral de junio pasado, desde las trincheras de la oposición, se lanzaron anuncios sobre aspiraciones políticas para figurar en la lucha del 2018. Entre ellas, Margarita Zavala, que hacía ver y valer el fracaso electoral del PAN gracias a las muchas torpezas y traiciones de Gustavo Madero. Y cubierto por el ruido de esa información, apareció también con sueños y ambiciones de gran envergadura, Miguel Angel Mancera, titular del gobierno del Distrito Federal.
Aparecieron otros nombres, algunos como el de Graco Ramírez, que movieron a risa. Pero los primeros, sumados al de Andrés Manuel López Obrador, formaban ya un frente de batalla que a querer o no, alteraba el ritmo político del gobierno federal.
Apareció entonces, la voz oficial, por conducto de Miguel Angel Osorio Chong, titular de Gobernación, con el señalamiento de que los tiempos en el país, nada tenían que ver con las aspiraciones personales. Y remarcó que en las filas del gobierno, nada alteraría el plan de trabajo. Esto es, se había dado la orden de evitar los desbordamientos. Había que detener el nerviosismo oficial.
Pero, como tantas otras veces, la estrategia política del gobierno fracasó. El nerviosismo no sólo no se detuvo, sino que se aceleró. Todos en el gobierno y en el PRI vieron y entendieron que no hacr nada podría convertirse en una muy seria desventaja para la campaña del 2018.
Así, apenas unas semanas después de que la orden había sido evitar los movimientos con miras a la lucha por la candidatura presidencial, el gobierno mismo es que se lanza a la lucha electoral, con mucho tiempo por delante.
Primero, con los ajustes en el gabinete. Colocar a dos “posibles” como José Antonio Meade y a Aurelio Nuño, que no son priístas, es un mensaje que en el partido tricolor no ha caído nada bien. Después, abrir el juego contra Andrés Manuel López Obrador podría resultar no sólo anticipado, sino altamente riesgoso. Especialmente por el hecho simple y contundente, de que los fracasos corren sólo a cargo del gobierno.
En el fondo, lo que realmente queda claro es que, para no variar, al gobierno le fallaron todos los análisis. Y lo que en los días posteriores a las elecciones resultaba anticipado y molesto para el presidente, en estos momentos parce ser la prioridad política.
Los dos aspirantes más fuertes en las filas del peñismo, Luis Videgaray y el propio Osorio Chong, no parecen estar en condiciones de convertirse en candidatos fuertes en n proceso político electoral. En cambio, sin compromisos serios y realmente entendibles, López Obrador ha logrado posicionarse en el imaginario popular. Ello tiene raíces en la campaña política permanente que realiza desde hace tres sexenios el tabasqueño. Pero también y fundamentalmente, en el hecho de que las promesas de esto y los anteriores gobiernos no sólo no se han cumplido, sino que se han convertido en deuda, desempleo y crisis económicas.
Por ello, lanzar a las fuerzas políticas oficiales a la lucha contra AMLO parece ser algo riesgoso. ¿Qué pasa si, como en los casos anteriores, el nuevo decálogo presidencial no produce efectos positivos inmediatos? ¿Qué sucede si la bursatilización en infraestructura se convierte ya en un fracaso, ya en una bomba de tiempo financiera? Después de todo, con el nombre que se quiera, se trata de deuda. Y en el caso mexicano, la deuda externa o interna, son retos que en plazos muy cortos pueden convertirse en algo más que un dolor de muelas.
Atacar al populismo, con dedicatoria para AMLO suena bien desde el poder. Pero podría no tener el eco esperado desde las filas de quienes han visto como todo el progreso y bienestar prometido por esta gobierno, no sólo no ha llegado, sino que aún tardará algunos años más.
Las cifras dadas a conocer en el Informe en materia de seguridad, no encuentran respaldo en la realidad. Y AMLO puede hablar del fracaso sin mayor problema. Y ello en todos los renglones.
Es por esto que lanzar un ataque político frontal con el “populismo” parece algo fuera de lugar. Cambiar de ideas en cuestión de semanas puede interpretarse como nerviosismo. Y esto puede conducir a errores más importantes.
La verdadera ofensiva en contra de AMLO tiene que cimentarse en resultados. Resultados que se sientan en el bolsillo y que se reflejen en la tranquilidad de los ciudadanos.
De lo contrario el votante verá que el populismo podría no tener sus orígenes en donde el gobierno los quiere ubicar, sino en quien lanza la acusación.
Algo así como aquello de “agarren al ladrón”, “agarren al ladrón”.


