norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Penosa, en el mejor de los casos, resultó la defensa que intentó el gobierno ante las conclusiones presentadas por los expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y lastimoso ver como diputados y senadores del PRI fueron incapaces siquiera, de armar un discurso cuando menos coherente, inteligente y, fundamentalmente, con las imágenes del pasado en la mano, para evitar que la realidad los pusiera en ridículo. Otra vez.

El gobierno, apegado a la estrategia de las contradicciones, simplemente se olvidó de sus errores y de sus dichos. Y alegremente se lanzó a pregonar que en torno a los hechos de Iguala, no hay más interesado en que todo se aclare, que el presidente de la República.

Y ante el embate de los legisladores de oposición, los líderes priistas en el Senado y en la Cámara de Diputados, Emilio Gamboa y César Camacho, respectivamente, pensaron que repetir dichos y posturas oficiales bastaría para capear el temporal.

El problema sin embargo es mucho más serio Ni el gobierno ni los legisladores priistas fueron capaces de recordar la cadena de hecho. O simplemente pensaron que al olvidarla ellos, nadie en el país pensaría en lo que el propio gobierno ha hecho y dicho.

Así, el “primer interesado” en que todo se aclare, fue quien, en diciembre pasado, y después de más de dos meses de los hechos, visitó Guerrero. Pero no lo hizo con el suceso de Iguala como bandera. Fue a visitar las zonas afectadas por el huracán “Manuel”.

Por supuesto, en uno de los actos organizados para la visita presidencial, con vigilancia extrema que de acuerdo con las crónicas llegó a contar con tanquetas, Peña Nieto se refirió a la desaparición de los normalistas.

Y dos cosas quedaron claras al terminar el mensaje presidencial: la primera de ellas, quedaba fundada en la idea de que el trabajo que realizaba la Procuraduría General de la República, estaba en la ruta correcta. Había que seguir por ese camino.

La segunda de las ideas que cimentó el presidente fue la necesidad de superar “este momento de dolor” que ha lastimado al país.

Dicho de otra manera, en diciembre pasado, el “primer interesado en que todo se aclare”, dijo en Guerrero que había que superar el momento, dar un paso adelante y sin olvidar el castigo a los responsables, buscar el bienestar de las familias y de la entidad.

Ahora, se acepta que hay cosas que cambiar. Y casi un año después de los hechos y a poco más de diez meses de la visita presidencial al Estado, se nos dice que se requieren nuevos peritajes y que se ajustarán aspectos de la investigación.

Si dejamos de lado el triste papel de senadores y diputados incapaces siquiera de presentar una defensa articulada y políticamente inteligente, podemos recordar que en la citada visita presidencial a Guerrero, el primer mandatario aceptó la debilidad de las instituciones nacionales.

Ante ello, Peña Nieto se comprometió a una renovación estructural de las instituciones que dijo, habían sido cooptadas por la delincuencia.

Pero ese discurso también marcó la decisión del gobierno federal de trabajar al lado del gobierno estatal en la solución del problema. Y hoy sabemos que el gobierno estatal fue siempre, parte del problema. Y que el crecimiento de la delincuencia organizada, pasa por autoridades estatales, instituciones de seguridad y por supuesto, por representantes federales en todos los niveles.

Ahora, el gobierno federal quiere convertir el problema en parte de su plataforma de reconstrucción de imagen. Quiere aparecer como decidido a enfrentar el reto y a resolverlo.

Pero lo hace desde la trinchera del presente, con la idea de que el pasado no existe.

En diciembre, se apostó al tiempo y al olvido.

Hoy se quiere que el olvido cubra las acciones y dichos del gobierno en los momentos más difíciles del drama. No había rumbo, no se tenía una respuesta y se carecía de voluntad para llegar al fondo del problema.

Hoy los expertos de la CIDH son sometidos a un proceso de desgate para desviar la atención de la raíz del problema que no es otra que el narcotráfico.

Y los discursos ya aparecieron. Pero la voluntad para aclarar las cosas sigue ausente. Y el riesgo es que, discursos aparte, a final de cuentas no llegue a presentarse, a pesar de que el “primer interesado en que todo se aclare” lance nuevas promesas.