Por Norberto DE AQUINO
Hace poco menos de un año, el PRD se encontraba en la euforia total. Había logrado organizar un proceso interno para elegir dirigente, sin mayor problema. Tenía al INE como base de su elección y podía iniciar la etapa de reestructuración total. Sin embargo, las elecciones federales de julio pasado demostraron que, para salvar al partido del sol azteca se requiere algo más que contar con comicios internos legales.
Resulta penoso ver al partido que dice representar a la izquierda mexicana, atascado en una lucha de intereses de grupo, vapulado por l corrupción interna y sumergido en un desprestigio que lejos de amainar, crece día con día.
En octubre del año pasado, con el INE como organizador a petición del perredismo, se realizó una elección que logró sobrevivir los propios perredistas. Con un costo de unos 80 millones de pesos según los propios organizadores, el Partido de la Revolución Democrática colocó a Carlos Navarrete al frente de sus decisiones.
Y esa fue la decisión que colmó la crisis. Navarrete ganó las elecciones internas, pero en base a las acciones del grupo de Los Chuchos, en el que forma apenas, una segunda línea por su escaso talento político y por su afán protagónico.
Pronto los verdaderos líderes del perredismo se dieron cuenta de que Navarrete aparecía como dirigente, pero que en la realidad nadie le respetaba. No se le concedía nivel para realmente representar al partido del sol azteca y menos como para conducir una negociación político, ya fuera interna o externa.
Ese liderazgo construido a base de dinero y juegos de imágenes, estalló irremediablemente con el caso Iguala. No sólo no se supo responder a las contradicciones políticas cometidas por el partido por sus ligas con los cuadros políticos en Guerrero, sino que todo lo que se dijo, se convirtió en arma en contra del perredismo.
La debilidad de la dirigencia perredista no encontró en Los Chuchos el soporte necesario para sortear la crisis Y el conflicto sólo aceleró el degaste de un grupo que había alcanzado el poder gracias a su servilismo para con el gobierno federal, primero con Felipe calderón y después, con Enrique Peña Nieto.
Así, el títere que siempre fue Carlos Navarrete se desmoronó. Y la necesidad de reemplazarlo se convirtió en urgencia
Pero encontrar un líder que dejara a todos los grupos más o menos tranquilos no resultaba sencillo. Los aspirantes conocidos tenían un claro afán de revancha. Y ello no ayudaba a las soluciones.
Ahora, con la crisis en todo su esplendor y con los tiempos agotados, el PRD iniciará este fin de semana una reunión de Consejo Político que deberá resolver el tema de la nueva dirigencia. Y ello implicará el tema de los cambios en los estatutos, ya que el aspirante que aparece como “favorito” no reúne en estos momentos, los requisitos que se necesitan para llegar al cargo.
Agustín Basave es el político que se perfila para ocupar la dirigencia perredista, pero no tiene los dos años de militancia que marca el estatuto. Por ello la necesidad de modificar los documentos internos. Pero ello implica el punto de inicio de la batalla.
El PRD se lanzó el año pasado a un proceso de elección interna para alcanzar la renovación total. Gastó millones de pesos y apostó buena parte del capital que aún le quedaba. A once meses de distancia, la realidad nos dice que el PRD se encuentra sumido en una crisis de gran envergadura, con liderazgos salpicados por la corrupción en todas sus formas y con la misma lucha abierta entre los grupos que le dan vida.
Y lo que parece mucho más serio, es que, de nueva cuenta y para poder sobrevivir como fuerza política, se encamina a colocar a una fuerza ajena a la historia partidista para resolver sus divisiones internas.
Una receta que por añeja, no llama la atención pero que puede resumirse en el hecho patético que resulta de ver a la izquierda mexicana prendida con desesperación a los tobillos de un expriísta para poder sobrevivir o al menos para tratar de hacerlo, como una opción política real en el escenario mexicano.

