Por Norberto DE AQUINO
El grito en Londres se ha convertido en un debate. Y como sucede desde hace tiempo, el fondo del tema en este punto es el que no se toca. El embajador mexicano en la Gran Bretaña, Diego Gómez Pickering no es un inculto. Es, por supuesto, un empleado político. Y por ello lanzó vivas a Porfirio Díaz el pasado 15 del presente.
El que un embajador, en uno de los puntos diplomáticos más importantes en el planeta, hablara en la ceremonia destinada a festejar el inicio de la independencia de Porfirio Díaz no puede verse como un error o una muestra de incultura.
Por el contrario, es un acto pensado y decidido desde el poder para, otra vez, sembrar ideas y tratar de cambiar la historia. Díaz es el blanco de un movimiento interno que al hablar de repatriar los restos del dictador, lo que quieren es contar con un altar sobre el cual construir muchos de sus nada nuevos proyectos.
El verdadero debate aquí tendría que ser el papel que juega el nuevo equipo en la Secretaría de Educación Pública, encabezado por Aurelio Nuño.
Para nadie es un secreto que Gómez Pickering es un protegido de Nuño. Y nadie ignora que desde la poderosa oficina de la presidencia, Nuño puso en marcha muchas cosas, entre las que habría que destacar la reforma educativa y la nueva forma de entender la relación entre el gobierno y los maestros.
Dada esta relación, la pregunta obligada radica en torno a lo que el gobierno actual, que sigue la línea marcada por los panistas, pretende hacer con la historia.
Esto es, en los festejos del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución, quedó claro el deseo de los gobiernos emanados del PAN por cambiar muchas cosas, entre las cuales el rol de Porfirio Díaz ocupaba un lugar muy especial.
La reivindicación del dictador pasó a ser el objetivo. Díaz tenía que ser visto como el hombre que inició la transformación del país y no como el hombre que desde el “necesariato” se había convertido en dueño de la nación.
El análisis se quedaba en el hecho de los avances económicos, pero nunca sobre la marginación o la pobreza. Se atacaba a los críticos, pero no se aclaraban las dudas. La salida del país pasó a ser un acto de extraordinaria bondad del dictador y no el resultado del hartazgo nacional que se había patentizado ya en todos los frentes con el apoyo a Francisco I Madero.
Así las cosas, el que el embajador de México en Londres en un 15 de septiembre lance vivas a Porfirio Díaz, que nada tuvo que ver con la Independencia, no puede ser visto como una muestra de incultura o desconocimiento.
Es por el contrario, una clara demostración de cinismo, burla y provocación. Es parte de los intentos por repatriar los restos del viejo dictador. Es parte de los intentos por modificar la historia.
Y aquí entonces, el arribo de Aurelio Nuño en la Secretaría de Educación Pública se convierte en un hecho de alto riesgo.
Si su casi empleado grita vivas a un dictador y nadie hace nada ante ello, la lógica dice que el señor Nuño tiene proyectos poco alentadores en el sector educativo.
Reapareció ya la idea de que los Niños Héroes no son lo que la historia nos contó que fueron. Ya se habla de que Miguel Miramón también fue uno de Héroes en Chapultepec. Se olvida su traición posterior que es la que lo juzga.
Por ello, lo que hace falta es que el gobierno diga sin rubor, qué es lo que quiere hacer al tolerar este tipo de discusiones, sin marcar claramente su forma de pensar.
En el pasado, se llamó reacción a todo este tipo de posiciones contrarias a la historia.
Hoy, con un gobierno que se equivoca en las fechas, que desconoce la geografía y que evidentemente no respeta la historia, más que un debate lo que tiene que exigirse es la definición oficial.
Enrique Peña Nieto y su equipo pueden creer lo que mejor les plazca. Lo que difícilmente podrán lograr es cambiar la historia.
La historia va más allá de los libros. Y en México los libros no son el único camino para entender los objetivos de la reacción. Ni se requieren para entender en dónde se encuentran sus aliados y lo que intentan desde el poder.

