Miguel Angel Mancera lo ha intentado de todas las maneras posibles. Ha buscado en todos lados la receta adecuada. Pero sus esfuerzos han sido en vano. La realidad no ha podido ser vencida. Así, por más discursos que se presenten y por más listones que se corten, las señales de que la violencia e inseguridad se han apoderado de la ciudad de México se encuentran ya en todas partes.
El lunes pasado apareció en el Puente de la Concordia, en la Calzada Iztapalapa, el cuerpo de un hombre joven, asesinado de dos tiros en la cabeza y “presentado” ante la ciudadanía en pleno, al más puro estilo de la delincuencia organizada.
El gobierno del señor Mancera ha insistido en todos los tonos posibles y en todos los oros a su alcance, que en el Distrito Federal no existen cárteles y que la violencia que llega a relacionarse con el narcotráfico es un problema derivado del tránsito de ese tipo de delincuencia y no de que estén radicados en la ciudad.
De esta manera, el gobierno de la capital ha evadido, o a tratado de hacerlo, el tener que explicar su fracaso evidente en la lucha vs la delincuencia organizada.
Pero la realidad es tenaz y persistente.
Así, asesinan en Coyoacán a un político priísta. O en las oficinas del PRD se “suicida” el hombre de las finanzas del partido, mediante el singular método de darse un tiro en la cabeza, al tiempo que se lanza al vacío para quedar ahorcado sin que nadie entienda bien a bien la forma en que sucedieron las cosas.
Del mismo modo, se asesina en las calles de la capital, a un funcionario ligado al catastro o se registra el secuestro de un colombiano por parte de policías capitalinos que se refugian en los centros de control y vigilancia de la ciudad.
Y cuando se registran las denuncias sobre extorsión en la colonia Condesa, el procurador del DF monta un operativo para que, cámara en mano, se entreviste a los dueños de los locales que, por supuesto, niegan ser víctimas de la delincuencia organizada. Este operativo simplemente dio paso a un aumento en las cuotas que se cobran a los diversos comercios de la zona.
Y para distraer la atención ciudadana, el jefe del gobierno se dedica a cortar listones de cualquier tipo. Y a buscar que los escándalos federales lo mantengan lo más alejado de las críticas que sea posible.
Y por supuesto, a utilizar el Gran Premio de la Ciudad de México para destacar. Y para que nadie hable de la inseguridad.
Pero un cuerpo colgado en un puente altamente transitado, tal y como sucedió hace unos años en Veracruz, con el gobierno de Javier Duarte, o en alguna otra parte del país, no puede ser considerado como algo “común”. Y menos cuando aparece una cartulina con amenazas que parece estar ligada a los hechos.
La delincuencia organizada ha sentado sus reales en el Distrito Federal. Y querer combatirla a base de palabrería hueca o con operativos que solo pretenden mostrar a un gobierno “eficiente”, pero que no resuelve nada, no servirá ni como paliativo.
Miguel Angel Mancera está preocupado por ser candidato a la presidencia de la República. Ha utilizado el gobierno de la ciudad como plataforma para el despegue de sus ambiciones personales. Y ahora que las cosas se complican, pretende escapar por la vía de siempre: la negación de la realidad.
Rebasado por el tamaño de los problemas, con sus promesas incumplidas, sin resultados que satisfaga a la ciudadanía y con la presión de Morena en los talones, Mancera confía en que la crisis de credibilidad que padece el gobierno de Enrique Peña Nieto le permita escapar de su propia crisis.
Pero las cosas podrían no ser tan sencillas. Ayer mismo, en la Delegación Venustiano Carranza, en los límites con Nezahualcóyotl, fueron encontradas bosas de platico con restos humanos.
Se entregó el “paquete” a las autoridades del Estado de México. Pero la violencia está a la visto. Y en este caso, es obvio que la zona metropolitana queda atrapada por la delincuencia organizada que tanto se dijo no existía.
Mancera tendrá, de una manera u otra, que enfrentar el reto. Y lo tendrá que hacer pronto. Esto no es como dejar de cumplir promesas en el Metro. Es más complicado, más riesgoso y por supuesto, mucho más preocupante para la sociedad.
Esas sociedad a la que Mancera se ha dedicado tres años, a ignorar en aras de sus proyectos políticos personales.


