norberto-de-aquino4Por Norberto DE AQUINO

El caso de los normalistas de Ayotzinapa parece destinado a ser la gran trituradora de la credibilidad oficial. Y la presión es ya tan grande, que paso a paso, las instituciones de seguridad se baten en retirada, de manera desordenada y con muy poco que salvar.

La PGR demostró todo lo anterior con una rapidez escalofriante. Y con tan poca inteligencia que los peores augurios aparecieron en todos los frentes políticos. El gobierno parece tener miedo, se siente arrinconado y está enojado.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos presentó a la PGR un listado con 26 recomendaciones y propuestas en torno a la investigación sobre los hechos acontecidos en Iguala el año pasado. Y como el caso amerita, el documento tenía críticas y no ahorraba dureza.

Ante ello, la PGR decidió que, como ya lo había hecho hace poco el secretario de Gobernación, Miguel Angel Osorio Chong, había que poner un alto. Un nuevo “ya basta” de cuestionar al gobierno. Y se lanzó contra la CNDH.

Con un tono agresivo y con una soberbia descomunal, la Procuraduría General de la República respondió a la postura de la CNDH más con la idea de descalificarla, que con la intención de aclarar y aceptar.

Así, en la citada respuesta se pueden encontrar intenciones que van desde la afirmación directa de incapacidad, hasta las de señalar ignorancia, sin dejar de pasar por la acusación de que se adoptan en la CNDH “actitudes peligrosas”.

Esta postura, que en nada ayuda a encontrar la verdad de lo sucedido en Iguala con los normalistas de Ayotzinapa, pone en claro que el gobierno siente que ha perdido la batalla y que su “verdad histórica” ha sido borrada del escenario nacional.

Y si se toma en cuenta que la CNDH señala que la PGR quiso engañarlos y que intentó justificaciones y respuestas insuficientes y que se mintió para no cumplir con las recomendaciones de la Comisión, lo que tenemos en claro es que a ya de por sí escasa credibilidad de la PGR, se vino por tierra.

Este choque dejará saldos negativos, especialmente para el gobierno. Basta con recordar que la PGR con Arely Gómez al frente, no ha sido precisamente la más eficaz en su trabajo.

Recordar como agentes de la PGR sembraron una pistola a un abogado que representa a una empresa rival de otra favorita en contratos del gobierno del Estado de México y del federal, es un dato que pone en tela de juicio todo el accionar de la procuraduría. Y si a ello se añade que la investigación en este caso ha sido limitada y nada se ha dicho del “¿cómo?” ni del “¿quién?” ordenó todo esto, las cosas simplemente colocan a la PGR en el terreno de la corrupción y la incompetencia.

De esta manera, la respuesta de PGR a CNDH muestra más el enojo de la autoridad, que el deseo por en verdad, trabajar para saber qué es lo que pasó en Iguala con los normalistas.

El señalamiento de las verdades a medias hecho por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos ni siquiera requiere de comprobación. Los datos sobre la siembra de la pistola citados arriba es la mejor prueba de lo que la procuraduría puede hacer para “resolver” sus problemas.

Pero el problema es más serio.

Ahora sabemos que el “ya basta” es una postura oficial. Que el gobierno no quiere ceder en ningún terreno. Que acepta a los expertos no por vocación, sino por presiones internacionales. Que los derechos humanos no pasan de ser una postura de discurso y que con todo el peso que puedan, habrán de defender su “verdad histórica”

Esto significa que pelearán en contra de todo aquel que se les oponga. No importa si son los expertos argentinos, los expertos de la CIDH, la ONU o quien quiera que piense que en el cao Iguala hay mucho que no se ha querido aceptar.

Y la negativa para que los soldados de Iguala sean entrevistados por los expertos independientes es apenas un botón de muestra.

Envueltos en el discurso del patriotismo, pero con la molestia en el rostro, los funcionarios del gobierno han dado un nuevo paso hacia el control de daños. Sin importar que ese paso signifique también, adentrarse en el terreno de la represión que siempre inicia con la negación de la realidad.