norberto-de-aquino4Por Norberto DE AQUINO

El precio del petróleo volvió a baja. Ahora a casi treinta dólares por barril. El gobierno reconoce que el hueco provocado por esa caída no podrá ser resuelto por la captación fiscal. El mismo gobierno reconoce el crecimiento de la informalidad. Y en todo ello, el salario es puesto a un lado. Todos los dicen defender, pero en la práctica, el retroceso es evidente. Y peligroso.

El gobierno anunció con bombo y platillo, el arribo del presupuesto cero y con esto, la necesidad de “apretarse el cinturón”, siendo el propio gobierno el más obligado. Pero la realidad mostró que ni el presupuesto fue lo que se prometió, ni el gobierno está dispuesto a renunciar a sus gastos. Lo más que vimos, fue un cambio de nombres y un juego de apariencias. El gasto no se limitó.

Así, todo quedó en el mismo punto de siempre. La ciudadanía tendrá que pagar el costo de la crisis. No importa el tamaño del problema, los mexicanos deberán hacer el nuevo sacrificio para que el gobierno pueda encontrar disculpas a las promesas no cumplidas y lanzar nuevos compromisos que el tiempo llevará al olvido, más que al cumplimiento.

El problema en todo esto es que, más allá de la mejoría que solo aparece en los discursos oficiales, son los ciudadanos los que no encuentran respuestas a su problemática particular.

Desde la campaña presidencial, Enrique Peña Nieto recibió el mensaje de los mexicanos. El dinero no alcanza. Y ante ello, el entonces candidato se comprometió a llevar los beneficios de un “buen gobierno” a los bolsillos de las familias. Repitió hasta el cansancio, aquello de “se los prometo y se los cumplo”.

Ahora, y el Banco de México acaba de ser muy claro en ello, existe el riesgo de una morosidad creciente en el pago de los créditos.

Es muy posible que los préstamos, de todo tipo, sean una señal positiva. El punto es que el riesgo va hacia el consumo diario. Esto es, la posibilidad de que el crédito entre en morosidad por que se utilice para solucionar necesidades elementales, como el abasto de alimentos a la familia.

Y aquí es en donde las cosas dejan ver que el reto es complicado.

Desvincular el salario mínimo a multas, precios y tarifas es por supuesto un avance. Pero no directo en el beneficio del poder adquisitivo. Y no se requiere de ser un especialista para comprender que, inflación baja o no, los precios han subido y el ingreso no responde a los requerimientos de una buena parte de la población nacional.

En unos 25 años, el poder adquisitivo registra una pérdida de poco más del 83%. En 1987, la canasta básica se adquiría con cerca de siete pesos. Para este año, la canasta básica requiere de algo más de 450 pesos. En el mismo lapso, el salario mínimo pasó de seis pesos con casi cincuenta centavos, a los 70 pesos que se acaban de aprobar.

La parte complicada de todo esto es que el deterioro se ha mantenido a lo largo del sexenio peñista. El deterioro del poder adquisitivo en estos tres años ha sido de cerca del 10% que es, por supuesto, ua enormidad ante el nulo aumento en el ingreso.

En este punto es donde se encuentran las explicaciones al reconocimiento de la Secretaría del Trabajo en torno al aumento de la informalidad y al fracaso de la Secretaría de Hacienda por llevar a los informales a la “normalidad” de pagar impuestos.

Pocas cosas tan sencillas como entender que si hay más informales, el gobierno recibe menos pago de impuestos. Y si el petróleo cae más, como seguramente lo hará, dimensionar el tamaño del hueco financiero que deja al gobierno el no tener impuestos y no cobrar por el petróleo es senillo.

El dinero no alcanzará. El gobierno no deja de gastar. Y entonces, guste o no, la presión será sobre el ciudadano. Con todo lo que ello significa en el terreno político.

Por eso es que se ve a los partidos políticos pelear por la bandera del salario. El problema es que ninguno de ellos quiere hacerlo de manera efectiva. Quieren votos y nada más. Y por ello no luchan por el fortalecimiento efectivo del mercado interno que, como primer paso requiere que el salario sea parte del proceso productivo y no sólo un insumo como es en la actualidad.

Así, lo que está a la vista es un 2016 muy pesado, tenso y quizá demasiado largo.