Por Norberto DE AQUINO
El horizonte económico no es alentador. El final del año deja ver que el 2016 no será tranquilo. Y basta con ver la caída en el precio del petróleo y el alza en el dólar para saber que el optimismo oficial en los discursos trata de ocultar el hecho simple, pero contundente de que el gobierno busca no tasas importantes de crecimiento, sino evitar una nueva crisis financiera.
Las promesas que con tanta soberbia se hicieron en campaña han sido puestas de lado Se habla de mejoría y de avances importantes, pero a sabiendas de que las grandes promesas no se cumplirán.
Las conquistas que prometió el equipo que aseguró que “nosotros sí sabemos como hacerlo” están ya fuera de los planes. Aquellos 4 puntos extras que el PIB tendría apenas se aprobaran las reformas estructurales son cosa del pasado. Ahora se habla de que estamos mejor que, por ejemplo, Brasil y que debemos estar agradecidos por ello.
Se hace notar que el entorno internacional ha impedido los avances. Pero que a pesar de ello, estamos bien
Pero el panorama no es alentador.
El precio de petróleo cayó por debajo de los 30 dólares por barril. Y el descenso no parece haber terminado. México compra un seguro a 49 billetes verdes por barril. Pero es obvio que se ha perdido el ingreso.
Al mismo tiempo, el dólar se dispara. Y para defender al peso y mantener una paridad más o menos aceptable, se utilizan las reservas. Y en algo más de nueve meses, se han evaporado alrededor de 24 mil millones de dólares.
Así, la deuda externa se convierte en un reto que demanda un manejo más que cuidadoso. En estos momentos, el monto de la deuda ronda los 170 mil millones de dólares. Un poco menos. Pero las reservas están en los 171 mil millones. Un poco más.
Esto significa que debemos casi el total de las reservas. Y si bien el reto no se maneja de una manera tan simple, sí deja ver que el control de la deuda es ya una necesidad imperiosa. Hay que detener el crecimiento de una y la caída de la otra.
Pero la situación se complica en el momento en el que se entiende que, con la caída del petróleo, la acumulación de reservas se dificulta. Y que la necesidad de mantener la paridad en niveles manejables, agota lo que se tiene.
No hay ingresos de divisas. Y las inversiones prometidas no aparecen. La reforma energética en la que se puso tanto empeño, tardará en aportar los beneficios esperados.
El 2016 no será fácil Y lo peor es que puede ser apenas uno de años complejos. Si como los expertos piensa, la caída en el petróleo no sólo se mantiene, sino que se alarga, las cosas para el país no mejorarán radicalmente sino hasta después del 2020.
DE esta manera, queda claro que el gobierno intenta no alcanzar tasas de crecimiento cercanas a lo prometido en campaña y al inicio del sexenio. Ahora se trabaja en pos de una estrategia que evite una crisis de consecuencias serias.
El optimismo pasa ahora al tema de lo mejor que nos encontramos en comparación con los que estén peor. Y se habla del entorno internacional. Y se recuerda que Estados Unidos no crece lo esperado. Todo lo que al momento de prometer no se tomó en cuenta.
En síntesis. No habrá despegue. Y el PIB estará más cerca de las tasas logradas en todos estos años, que de las promesas de crecimiento hechas.
Y se destacará el hecho de que en un mundo en crisis, estamos mejor que muchos.
Pero se olvidará que la promesa decía que habría crecimiento, empleo, inversión y que México se convertiría en una potencia media. Algo que ahora, guste o no, tendrá que esperar algunos años. Años que rebasarán lo que a este gobierno le resta.

