Por Norberto DE AQUINO
Arrinconado por la crisis económica que amenaza con convertirse en algo “potencialmente grave” según Agustín Carstens, el gobierno de Enrique Peña Nieto ha sido obligado a regresar al tema que tanto ha batallado por dejar atrás sin lograrlo: la corrupción.
Justo en el momento en que el queda claro que las famosas previsiones económicas no serán suficientes y en el momento en el que el Banco de México nos anuncia una gran tormenta financiera, el gobierno federal tiene que hacer frente a un nuevo ridículo internacional que, como otros varios, involucra al grupo en el poder.
La matanza de Tlatlaya impactó al gobierno en la línea de flotación y fue el primer golpe directo a su credibilidad. Los hechos en esa población del Estado de México pusieron en entredicho todas las acciones de fuerza emprendidas por el gobierno. El uso legítimo de la fuerza por parte de la autoridad fue colocado en el pantanoso terreno de la duda. La ejecución extralegal de supuestos criminales minó de manera seria la credibilidad oficial.
El tema de la casa blanca, las ligas con empresarios y el financiamiento por lo menos irregular para la compra del inmueble mostraron un rostro de debilidad moral de los funcionarios, encabezados por la familia presidencial, que acabaron con lo que restaba de credibilidad.
La respetabilidad se vino totalmente por tierra cuando el caso del tren rápido concesionado a empresas chinas apareció con ligas a os empresarios que vendían casas a los hombres en el poder. Y la casa del Secretario de Hacienda en Malinalco simplemente fue la confirmación de que la rendición de cuentas no se encontraba en la agenda del gobierno peñista.
Con una lentitud más cercana a la irresponsabilidad que al accionar de un gobierno eficiente, la administración esperó que el tiempo enfriara el tema de la corrupción. Aún cuando parte de ello dependía de que la inseguridad y la violencia fueran factores vitales para alcanzar el objetivo oficial.
Así, se llegó al momento en el que el grupo que antes de tomar el poder había determinado la desaparición de la Secretaría de la Función Pública, consideró que resultaba mejor para su proyecto, revivir el cadáver en que se había convertido esa dependencia.
Llamó a un empleado a que la encabezara y para que como primera tarea, investigará el tema de las casas. Como es sabido, la investigación de Virgilio Andrade no encontró pruebas de corrupción. Y con ello, el gobierno pensó que había superado el tema. Pensaron que habían recuperado respeto y credibilidad. Al menos para mantener el juego de imágenes.
Enfrentaron con silencio y paciencia, la fuga del “chapo”. Y festinaron al máximo la recaptura, la cual fue vista como el elemento que les permitiría retornar a los niveles de confianza con que contaban al inicio de la administración.
Tenían otra vez, el control de todas las cosas. Y demandaban aplausos y obediencia absoluta.
Pero la corrupción no se vence ni por decreto ni a base de discursos.
Y menos con encubrimiento.
El caso Moreira revivió la imagen de corrupción en el gobierno. Hizo recordar que el exgobernador de Coahuila fue llevado al PRI por los gobernadores aliados a Enrique Peña para acabar con las aspiraciones de Manlio Fabio Beltrones en la contienda por la candidatura presidencial
Fue Moreira el que condujo al PRI en el “destape” de EPN. Y en ese entonces nadie en el PRI hizo caso de las irregularidades en Coahuila que llevaron a elevar la deuda local a poco más de 41 mil millones de pesos, buen parte de los cuales no se sabe en donde terminaron, por más que muchos sospechan que parte de ello pudo haberse destinado a la campaña presidencial priista.
De pronto y a pesar de los sueños y proyectos oficiales, el tema de la corrupción se muestra en todo su esplendor y como parte inocultable del priismo y del gobierno actual.
Así, se recuerda el caso OHL, el conflicto de HIGA, los contratos a grupos ligados con el poder desde el gobierno del Estado de México, las licitaciones que provocan dudas y en fin, un largo historial que desde España ha sido puesto nuevamente en circulación.
Y guste o no, listado para el que el gobierno no ha tenido respuestas adecuadas. Y por lo visto, no está dispuesto a enfrentar. Después de todo, la rendición de cuentas fue uno de los temas que, desde la campaña, fue puesto en la agenda de los temas a olvidar.

