norberto-de-aquino4Por Norberto DE AQUINO

Las señales arrancaron en el momento mismo en el que Agustín Carstens marcó el riesgo de un choque “potencialmente grave” en el campo financiero provocado por la problemática económica en el mundo. Siguieron con el aviso de que la volatilidad del peso y el precio del petróleo nos acompañaría aún por un buen tiempo. Ahora el pesimismo se confirma. El Banco de México dice que o se ajuste el gasto público, o enfrentamos un aumento en las tasas de interés, con todo lo que ello significa.

Dicho en otras palabras, Agustín Carstens decidió enterrar el optimismo oficial y ser un poco más claro. La situación económica no es nada sencilla, y se tendrán que implementar medidas drásticas. Y como siempre en estos casos, “dolorosas, pero necesarias”.

Y también como es costumbre, la responsabilidad viene de fuera. Ahora de China. Pero a final de cuentas, para México el problema es el mismo de siempre. El golpe directo a la economía familiar.

En el momento en el que el gobernador del Banco de México reconoce que las cosas son mucho más difíciles de lo que se decía y que es urgente hacer ajustes en el gasto público, el panorama queda claro. Estamos al borde de una nueva crisis, cuando no ya dentro de ella.

El anuncio dice que o se ajust el gasto, o se enfrenta el aumento en tasas de interés. Esto es, o se aplican medidas de emergencia o se da paso al dinero caro, y a medidas de emergencia un poco más adelante. El ajuste que se pide no necesariamente significa que más adelante no se requerirá de elevar las tasas de interés. De lo que se trata ahora, es de abandonar el barco del optimismo a ultranza, para hacer frente al realismo económico, que por supuesto implica elevados costos políticos para el gobierno.

Agustín Carstens dice que es necesario optimizar el gasto público. Y ello resulta en una muy seria crítica a la Secretaría de Hacienda en lo particular y a todo el gobierno en lo general. Después de todo, se supone que la eficiencia en el accionar de los funcionarios públicos tendría que ser algo obligado no sólo en los momentos de crisis.

Dice que el gobierno tiene que hacer recortes en el campo del presupuesto, lo que, se acepte o no, dice que aún con el recorte que se hizo desde su discusión a finales del año pasado, en el equipo de Hacienda no se entendió de manera adecuada lo complejo de la situación mundial.

Señala que de no realizarse el ajuste, el riesgo del aumento en los precios será creciente, lo que, aún cuando no se dice de manera específica, significa que Hacienda apostó a un presupuesto que de muchas maneras, ponía en riesgo aquello de la “inflación histórica”. Este riesgo por supuesto, no sólo se mantiene, sino que se ha elevado.

Así, a la problemática de la economía, a querer o no, se tiene que añadir la enorme distancia que existe entre las visiones que existen entre el Banco de México y la Secretaría de Hacienda.

Hace apenas unos días, los funcionarios de Hacienda aparecieron en público para defender la posición de nuestra economía. Aceptaron la existencia de dificultades, pero el optimismo fue claro. Y por supuesto, nadie se refirió a la necesidad de medidas de emergencia.

La solidez de la economía nacional fue puesta otra vez en el escenario. Y se habló del crecimiento y de que el país saldría avante en esta nueva crisis.

Ante ello, el Banco de México reiteró sus avisos de riesgo. Y como nadie pareció hacer caso, ahora a lanzado más que una señal de alarma, una advertencia. Y lo hizo de manera tal que no es posible pensar más que en un aviso de la emergencia que no se quiere reconocer.

Es más, Agustín Carstens marcó con claridad los tiempos. Enero mostró la problemática que nos espera. Así, es mejor hacer el ajuste en la parte inicial del año, que esperar mejorías que no llegarán.

La determinación pasa ahora a la Secretaría de Hacienda. Y el costo político también.

Si el ajuste se realiza, el aplauso por la decisión de adelantarse a la crisis, tendrá que ser para el Banco de México que señaló la ruta a seguir para evitar los riesgos de la tardanza.

Y s no se hace, el costo de una nueva caída será para Hacienda. Con todo lo que ello significa.

Después de mucho tiempo, hay ya quien entendió que el peso no ha perdido terreno, sino que ha sufrido una seria devaluación, que el precio del petróleo no se cayó, sino que colapsó por choques internacionales que en México no se supieron leer y que la debilidad de la economía no se soluciona a base de discursos cargados de optimismo.

Toca ahora a la Secretaría de Hacienda asumir las decisiones. Habrá que ver si se toman con visión económica, o solo con afanes políticos.