Por Norberto DE AQUINO
El tema de los mensajes que dejaría la visita papal a México quedó siempre, centrado en la figura del pontífice. Se especulaba sobre lo que diría y el cómo lo diría. Se habló de los intentos del gobierno de Enrique Peña Nieto para que no visitará tal parte o para que no se reuniera con tal grupo. Y apenas inició la visita, el verdadero mensaje ha sido el de las autoridades y políticos mexicanos. Mensaje por cierto, muy poco alentador.
Se sabía, desde siempre, de la vocación de los integrantes del gobierno por inclinar la cerviz ante las autoridades eclesiásticas. Pero se mantenía la esperanza de que, de alguna manera, pudieran contener sus afanes, en aras de la defensa del estado laico al que dicen representar.
Pero todo fue una esperanza fallida. Apenas llegó el papa, todo el gobierno fue puesto a sus pies. Sin rubor alguno.
El argumento es el de la visita de Estado. Y con esa bandera, se llevó a Francisco a Palacio Nacional. Y se le rindieron honores, cuando la verdad es que se le rindió la plaza política. El gobierno peñista se colocó a la zaga del Vaticano. Y dispuesto a ceder a cambio de imágenes y un poco de suavidad en los discursos papales.
Así, el presidente Habló de un “pueblo orgullosamente guadalupano” con lo que todos aquellos que no forman parte de la fe católica, que son millones, quedaron excluidos y además, en estado de indefensión ante quienes, en aras de la lucha en favor de la “verdadera fe” intenten combatir a los ateos.
El presidente dio pasos hacia el pasado. Olvidó el costo de las luchas en este país. Se desentendió del significado de la Reforma y puso en el cajón del olvido, todo lo que el clero ha hecho en este país para consolidar s poder, para mantener sus privilegios y para asumir el control de las decisiones políticas que, debiendo ser en beneficio de todos, han intentado convertirlas en patrimonio propio.
La historia es algo que para el gobierno, por lo visto, no tiene significado alguno.
El presidente, guste o no, no puede dejar de serlo en momento alguno. Tiene por supuesto, derecho a sus creencias. Pero no ha patentizarlas en eventos públicos. El que se haga, no sólo violenta el marco legal y atenta en contra del estado laico, sino que consolida la división de la nación, en favor de un grupo o si se quiere, en contra de otros.
Y que sea el presidente de la República el que provoque esa situación es algo que siempre es peligroso, pero que en los momentos que vive el país resulta simplemente preocupante.
La visita papal es importante. Pero no puede ser motivo de nuevos frentes de batalla internos. El estado laico lo que hace es garantizar la libertad de creencias y nació después de largos y pesados años en los que la religión se imponía con todo el peso del estado y pobres de quienes no aceptaban lo que se creía desde el poder.
Enrique Peña Nieto puede creer lo que mejor le plazca. Y como individuo puede ponerlo en práctica cuantas ocasiones considere adecuadas, siempre dentro de lo permitido.
Pero no puede, en aras de esas creencias, dar paso a conflictos internos. Ni puede, en discursos, dejar fuera del concepto de país, a quienes no sean “orgullosamente guadalupanos”. Crear divisiones, todavía más, resulta simplemente, aberrante.
Y no se puede hablar de minorías o de mayorías. Esto no es un proceso electoral. Todos en el país, tienen el mismo derecho. Y el gobierno es el encargado de garantizar esos derechos. No puede ser el que provoque las divisiones.
Pero el mensaje ha sido enviado. El gobierno mexicano entregó la plaza política. Cedió ante el Vaticano. Dobló la cerviz.
Y para que no quedara duda sobre la sumisión, ahí están todos los funcionarios públicos clamando ante el papa por una bendición. Y ahí está el papa, dejándolos con la esperanza, pero sin cumplirles el deseo. La demostración de quienes se someten y de quien tiene el poder.

