Por Norberto DE AQUINO
El inicio del sexenio fue arrollador. El impacto en el mundo fue evidente. El nuevo gobierno mexicano daba vida a una transformación que a todos llamaba la atención. Las reformas planteadas y a logradas resultarían se dijo, en el impulso para llevar a México a las grandes alturas. Y la reforma energética sería simplemente, el gran impacto en el proyecto de desarrollo.
Resulta de lo más sencillo recordar la euforia oficial al momento de prometer el avance para el país. Las reformas darían crecimiento y nos sacarían del promedio mediocre alcanzado por los doce años de panismo.
La Laboral le daría al país, un cuarto de punto en el PIB. La Fiscal agregará medio punto más. La Financiera sería el motor para añadir tres cuartos de punto más y la Energética, como el centro de todos los avances, no daría un punto completo. El PIB tenía asegurado ya, no menos de cuatro puntos, que se sumarían a los alcanzados por el movimiento normal del país. La reforma educativa aparecía como algo vital, pero en el segundo nivel de los grandes logros.
Cuando el discurso chocó con la realidad y las reformas estructurales simplemente aportaron todo lo prometido, la estrategia se modificó radicalmente. Y ante la evidencia de que el cambio energético no tendría resultados sino hasta dentro de varios años y con las reservas del caso, se lanzó a la reforma educativa como la “joya de la corona” Los puntos extras en el PIB se cambiaron por el combate en favor del futuro del país y sus infantes.
Y se colocó a Aurelio Nuño como gran paladín del cambio. La reforma educativa pasaba a ser el eje sobre el cual el gobierno quería sostenerse, aun cuando fuera de manera limitada.
Los discursos se agudizaron. Y la batalla contra el magisterio se recrudeció. El magisterio instalado en la “línea oficial” no se mostró feliz, pero sí dócil. Y el magisterio opositor decidió luchar. Y en esa batalla el gobierno ganó y perdió. Pero no cambió su estrategia.
Se critica a los maestros. Y se habla de la mala calidad de la educación. Algo con lo que por supuesto, no se puede estar en desacuerdo. Pero nadie quiso entrar al tema de los motivos de esa mala educación.
Primero y sólo como ejemplo, nadie habló de la enorme cantidad de los recursos que se dedican al sector educativo, pero que no van a la educación.
Esto es, hay miles de millones de pesos en el sector, pero la inmensa mayoría de ellos se dedican al pago de la burocracia instalada en los muchos organismos y dependencias del sector. El pago a maestros y el dinero dedicado a las escuelas es la menor parte. Pero es la más productiva políticamente hablando, a la hora de los discursos. Especialmente cuando se tiene necesidad de encontrar un culpable por la situación actual.
Después, nadie habló de la formación de los maestros, tema al que ahora el secretario Nuño le entra con variantes interesantes, pero tramposas.
Las normales, que son las que preparan a los futuros maestros, están bajo control del gobierno vía la SEP. No hay maestro que no tenga reconocimiento oficial. Así, ¿quién es el responsable de lo que sucede con los maestros en la actualidad?
Pero el punto central de todo esto es que, se acepte o no, la única reforma sobre la cual el gobierno aún puede lanzar discursos, como es la educativa, se ha convertido en una bandera política que quiere ser plataforma de despegue para una candidatura presidencial, más que el inicio de un cambio real en la educación para preparar a nuestros menores y mejorar el futuro del país.
Dice el señor Nuño que ahora, cualquiera con título universitario puede aspirar a una plaza y dar clases. Pero olvida que una cosa es saber y otra, muy diferente, enseñar. Hay verdaderos expertos en cualquier materia, incapaces de explicar a un grupo de alumnos, lo que saben. Pero hay que consolidar una posición política.
Nulo quiere ahora, pelear con Andrés Manuel López Obrador, desesperado por crecer en lo político, ya que su campaña de “los lunes en la escuela” no le ha dado resultados.
El problema sin embargo, es muy sencillo. Las reformas estructurales impulsadas por Enrique Peña Nieto fueron vencidas por la realidad. Las promesas de crecimiento y grandes avances quedaron en el olvido.
Y a reforma educativa, la última en los grandes discursos del inicio del sexenio, que es la sobreviviente, es ahora, a lo más, rehén de las ambiciones políticas del grupo que domina a la SEP.
Reforma educativa que, por lo demás, se ancló en el cambio administrativo, en marchas y contramarchas de las medidas y en la esperanza de que el futuro no exhiba, de nueva cuenta, la pobreza no de los maestros, sino de quienes manejan el sector educativo.

